miércoles, 1 de diciembre de 2010
Coqueteo
El tiempo pasó y la vida se volvió menos vertiginosa. Por un buen tiempo no tuve noticias tuyas.
Entonces pasó lo de la intoxicación. Ya había sucumbido a la comodidad de la vida burguesa y me creía intocable. Pero una noche en que mi mujer llevó a los chicos a un cumpleaños yo me hice de comer unos mostacholes con salsa envasada. Me pareció que la lata estaba medio hinchada, pero no le di bola. Cuando mi mujer llegó yo me retorcía de dolor desde unas cuantas horas antes. Entre ella y mi vecino me subieron al auto y corriendo a la guardia del Fernández. Estuve internado dos días en terapia intensiva, y siete más en sala común. No viniste a verme en todo ese tiempo, pero supe que habías estado rondando mi cuarto y preguntando por mí.
Supongo que a partir de entonces te tuve más en cuenta. Sabía que andabas por ahí, así que empecé a cuidarme en las comidas para bajar la panza, me anoté en un gimnasio y para mi propia sorpresa fui con regularidad. Dejé el pucho y apenas me tomaba una copa de vino dos o tres veces por semana. En fin, esas cosas que uno empieza a hacer cuando siente que la juventud se le está yendo. Quería verme bien. Sabía que en algún momento iba a verte y no quería que me encontraras desarreglado. Lo se, la edad me puso coqueto.
Te demoraste, eh. Creí que ibas a estar acá mucho antes. Mis hijos crecieron y se fueron. Elena me dejó. Por primera vez en mucho tiempo estaba solo. Pero antes de mí anduviste con el Pollo y con Carlitos. Pude entenderlo. Ellos te resultaban mucho más atractivos que yo. Pero yo sabía que tarde o temprano ibas a venir a mí.
Así que al final viniste. Sí, te estaba esperando. En realidad te deseaba. Más de una vez pensé en llamarte, pero no tuve los huevos necesarios. Hoy creo que ya estoy listo para irme con vos.
Estás linda. Te imaginaba distinta. Ya sabés, la túnica negra y la guadaña. Así me gustás más.
Disculpame que no te ofrezca nada de tomar. No me estoy sintiendo bien en estos días. Apenas si me puedo sentar en la cama. Vení, tirate un rato a mi lado. Estoy muy solo, ¿sabés? Me alegra que hayas venido.
Vení, acostate conmigo. Hagamos cucharita.
Estoy tan cansado...
miércoles, 17 de noviembre de 2010
La frente marchita
El porro volvió hacia mí. Eran las cuatro de la tarde de un sábado de primavera. Habíamos dejado la cama tres horas antes pero para nosotros era como si hubiesen pasado minutos. Su mano me entregaba el pequeño pitillo de marihuana mientras su boca jugaba con la mía y el humo que salía de su nariz le daba un tinte de ensueño a la escena. Vernos desnudos en mi buhardilla casi sin muebles me hizo pensar en el Último Tango en París. Pero era Madrid, y muchos tangos nos quedaban por bailar juntos.
-De chica mis viejos me llevaban a bañarme a la Costanera Sur. Ahora ya no se puede.
-¿Y por qué no?
-Porque el río está lleno de mugre. Buenos Aires nunca le dio mucha bola al río.
-¿Y cómo es eso? Un río lleva el alma de una ciudad.
-Será que el alma de Buenos Aires estará llena de mugre entonces. ¿Bailamos, gallego? -preguntó ella.
-No me llames gallego, soy andaluz -repliqué. Sabía que no iba a obedecerme.
-Sí, y yo soy de Paternal. Y nadie conoce a Argentinos Juniors por acá.
-Mi pobre niña. El exilio te hace mal. Te puedo recomendar un buen colega.
-No pretendas analizarme, Doctor Freud. Soy tan solo una humilde neurótica del otro lado del Atlántico.
-Por supuesto. La más humilde.
-La abanderada de los humildes.
-No nos une el amor, sino el espanto -dije, a cuento de nada.
-Será por eso que te quiero tanto -concluyó y rompió a reír. Sonaba Richard Clayderman y volvimos a bailar.
Aquellos eran los buenos tiempos. La había conocido unos meses antes en Barajas. Un avión acababa de escupirla en este país y una tormenta le daba la bienvenida a la Madre Patria. Ella venía desde Argentina casi con lo puesto y el frío de enero le recordó que ya no se encontraba en el Hemisferio Sur. Yo había ido a despedir a una novia que había decidido marcharse a Alemania y su imagen tiritando frío sin saber adonde ir me enterneció. De modo que me acerqué a ella y le ofrecí mi ayuda.
-Señorita, ¿espera a alguien? ¿Quiere que la lleve a algún lugar?
-¿Y usted quién es? -contestó ella con recelo.
-Nadie, pero me llamo Joaquín -le contesté-. La noto en problemas y siento que puede necesitar de mi ayuda. ¿Quiere que la lleve?
Ella dudó. Lo normal hubiese sido que se largase, pero por el contrario me sonrió y aceptó mi ofrecimiento. Algo de desesperación tendría, y otro tanto de desamparo. Más tarde entendí que esa propuesta era todo lo que había para ella en la península. Esa noche, al menos, fui un caballero. La dejé en casa de un matrimonio de amigos argentinos y volví a la mía solo. Sabía que habría tiempo para llevarla conmigo.
Ella estuvo viviendo con mis amigos por un tiempo. Los primeros días permitió que la mantuvieran, como al pariente en apuros que en definitiva es cualquier compatriota exiliado. Pero a las dos semanas ella misma quiso hacer algo para cambiar esa situación y se puso a trabajar artesanías. Resultó que se las apañaba bien para confeccionar todo tipo de artesanías, baratijas en materiales baratos pero que en el Rastro podía vender a un precio razonable. Era un curro, en definitiva, y ella necesitaba currar. Yo comencé a ir a verla en su puesto, domingo tras domingo, como un ritual. Había sido su protector y no tardé en ser su amigo. Al poco ya era su amante. Y antes de que lo advirtiera ella era mi amor.
Corrían finales de los '70 en el Viejo Continente. Nuestra historia de amor seguía su curso y yo me sentía feliz como nunca lo había sido. Algún tiempo después ya vivíamos juntos. Pero no tardé mucho en car en la cuenta de que yo nunca sería su gran amor. Caminábamos por la Calle Velazquez, no lejos del Parque del Retiro, cuando desde una ventana escuchamos salir música. Ya era tarde y volvíamos de tomar unas copas. Entonces a mis oídos llegaron esas palabras que no voy a olvidar. “Quizás porque no soy de la nobleza puedo nombrarte mi reina y princesa, y darte coronas de papel de cigarrillo”. Ella soltó mi brazo y corrió hacia la ventana. Vi las lágrimas correr por su rostro. Entonces comenzó a gritar: “¡Argentinos! ¡Argentinos!”. La puerta no tardó en abrirse y dos pares de brazos la recibieron abiertos. Esa extraña hermandad que provoca el exilio se manifestaba ante mí en todo su esplendor. Pero entonces comprendí que las sonrisas que yo podía sacarle no se comparaban con las que le arrebataba todo aquello que procediera del otro lado del mar, del otro lado del Río de la Plata. Esta era una pareja de adolescentes casi, que vinieron a casa de sus abuelos perseguidos por fuerzas que al parecer debería cuidarlos. Habían llegado dos días atrás. Entre lo poco que habían podido traer desde Buenos Aires tenían un regalo para los viejos que no dudaron en compartir con ella. Eran unas galletas con dulce de leche cubiertas de chocolate. “Alfajor Jorgito” decía en el paquete. Ella, mientras lo abría, lloraba. Comprendí en el momento que jamás llegaría a sentir eso por mí. Y no mucho después llegó el Mundial. Y me vi rodeado de cientos de Argentinos que gritaban y saltaban en las gradas del Nou Camp mientras el Campeón del Mundo caía ante Bélgica. A ella no le gustaba el fútbol, ni siquiera cuando Maradona fichó para el Barcelona, pero verse rodeada de compatriotas la hacía feliz como ninguna otra cosa.
Por aquella época la herida de Malvinas aún sangraba y el gobierno militar estaba pronto a su fracaso. Ella festejó la victoria de Alfonsín como si hubiera sido el título de fútbol que Argentina no pudo conquistar. Yo la festejé con ella, pero sólo porque en ese momento no alcancé a ver la realidad.
Ella se iría.
Todavía tuvimos unos meses más para nosotros, pero ya no era lo mismo. En el mismo momento en que se anunciaron las elecciones en Argentina ella comenzó a planear la vuelta. Luego de que Alfonsín llegó a la Presidencia empezó a moverse. El regreso estaba previsto para el verano del '84. Pero ya desde comienzos del otoño no pensaba en otra cosa. Ella sabía que yo no podía acompañarla. Pero la necesidad por su tierra era mayor. Yo podía ofrecerle todo el mar. Pero ella era un animal de río.
Partió con destino a Buenos Aires un 16 de junio.
La postal con una foto de bailarines de tango en Plaza Dorrego me llegó una semana después. Al principio me escribió con regularidad. Después, ya no tanta. La última me llegó en febrero de 1985. No tenía teléfono, no contestaba las mías. Un día, varios años después, me hice a la idea de que tendría que olvidarla.
El tiempo pasó. Un Congreso de Psicología me llevó a Buenos Aires para la época del Bicentenario de la Revolución de Mayo. El tiempo y la distancia no hacen bien a los recuerdos, pero las calles por las que caminaba parecían dibujadas por sus palabras. Sin embargo, cuando fui a su dirección en Avenida Boyacá, me encontré con un rascacielos que no debía de estar allí.
Sentí angustia. Caminé algunas manzanas y cogí un autobús. De alguna manera fui a parar a Plaza de Mayo. Y allí me rendí. Y caí de rodillas, y lloré, y grité su nombre.
Y entonces sí, por fin, la dejé ir.
sábado, 13 de noviembre de 2010
El Choripán Intermitente
Era una tarde de sábado en primavera. Andaba por Parque centenario, aprovechando el clima agradable de la hora de la siesta. El parque estaba lleno de gente que va de acá para allá, paseando y comprando por los puestos de la feria. A eso de las tres me di cuenta de que me picaba el bagre. Todavía no había almorzado.
En la feria del Parque Centenario se puede conseguir de todo. Ropa, juguetes, artículos de colección, libros, herramientas, artesanías, discos, lo que se te ocurra. Menos comida. Caminé bordeando Ángel Gallardo hasta Patricias Argentinas y cuando estaba frente al Hospital Naval me cansé y me mandé p’al medio del parque. Ese suele ser el costado más tranquilo, incluso en días de feria. Cuando hice unos cincuenta metros me encontré con un puesto de choripanes. Al principio me pareció que estaba vacío, unos segundos después vi a la mujer que atendía en su interior.
Era un puesto de chapa, cerrado. Tenía una pequeña parrilla y una chimenea con tiraje. La mujer estaba metida adentro de la estructura. En el pequeño mostrador (si es que se puede llamar así) había un tarro con salsa criolla, otro con chimichurri y un tercero con algo que no podría definir pero que era puro ají molido. Me acerqué y le pedí un chori.
La mujer era amable, de edad indefinida, y llevaba puesto un delantal azul cubierto e grasa. El detalle del pañuelo en la cabeza es digno de mencionar, al menos no metía los pelos en la parrilla. No sé si hubiese aprobado una inspección de Bromatología. No lo creo, en realidad.
-Los de la panadería me trajeron cualquier pan –me dijo-. No entienden que para choripanes se usan milonguitas. Y frescas. Tenés que cuidar esas cosas si querés que la gente vuelva. Lo importante es que la gente vuelva. ¿Criolla o chimi?
Criolla, gracias. Le puso una generosa cantidad a mi chori y después agarró un rollo de cocina que estaba atrás de ella y quiso agarrar una servilleta, pero sacó cinco o seis. Con el chori en la mano las volvió a enrollar y cortó una sola. Envolvió el chori en ella y me lo dio.
Hasta entonces jamás había probado un choripán tan rico como ese. Le di las gracias y me fui caminando hacia el lago mientras lo comía. Era grande, generoso, tenía el equilibrio justo entre sabor y picante y no chorreaba. En cuanto lo terminé supe que iba a volver.
A la semana siguiente se me ocurrió volver a Parque Centenario. Paseé por los mismos puestos, caminé las mismas veredas y me crucé con la misma cantidad de gente. Y cuando se hizo la hora rumbeé p’al medio del parque a buscar mi choripán. No encontré el puesto de la señora. Lo que es peor, ni siquiera encontré el camino por el cual el puesto se hallaba. Era simplemente como si hubiesen extraído esa parte del Parque y la hubiesen reemplazado por pasto, árboles y esas cosas que se suelen encontrar en las plazas. Caminando llegué hasta Díaz Vélez donde termina Otamendi, y entre un puesto de vasos de colección y otro de arañas viejas había una parrillita tambor donde también hacían choripanes. Pero eran como cualquier otro que hubiese comido antes. No me sorprendían, ni por tamaño ni por calidad. Y el estado higiénico de la parrilla más valía ignorarlo o el chori me iba a patear el hígado peor todavía, si cabe. De la señora, ni rastros.
Volví a ir varias veces a Parque Centenario esa primavera. En cada una de esas oportunidades busqué infructuosamente el puesto de choripanes de la señora de delantal y pañuelo en la cabeza. Al final me rendí, por supuesto. Imágine que habría muerto, o se había ganado la lotería y dejó de ganarse la vida vendiendo choripanes, o que simplemente se dio cuenta de que el puesto estaba en un lugar de mierda dentro del parque y se mandó mudar quién sabe a donde. Durante los años siguientes comí muchos choripanes en diversos lugares. En la cancha, en asados, en parrillas, hasta me fui a la Costanera Sur en busca del choripán perfecto. Era inútil. El choripán perfecto lo había probado en Parque Centenario aquella tarde y ahora incluso dudaba de si en realidad no lo habría soñado.
Más o menos quince años después una tarde de miércoles (en todo sentido), en mitad del invierno, volví al Parque Centenario. Mi hijo mayor había muerto en el Naval y yo salí del Hospital a tomar aire. Mi hija se estaba ocupando del papelerío desagradable que rodea a cualquier muerte y yo podía permitirme huir de los cuervos para sufrir mi dolor en paz. Entonces lo vi. Estaba tal cual la primera vez, en el mismo camino perdido, con la misma parrilla y la misma chimenea. Podría jurar que hasta las manchas de grasa del delantal de la señora eran las mismas. Podría jurar que incluso las arrugas en su rostro no habían cambiado.
-Buenas –le dije-. ¿Me da un chori?
-Como no –me contestó-. ¿Criolla o chimi?
-Criolla, gracias –elegí. Ella tomó un pan, lo cortó y lo puso en la parrila junto al chori abierto. Era una milonguita.
-Hace mucho que no la veía. Una vez hace años le compré un chori. El mejor que probé en mi vida. Usté me dijo que usaba milonguitas porque con esas cosas se aseguraba que la gente volviera. Pero yo quise volver un montón de veces y jamás la volví a encontrar.
-Yo siempre estuve acá, nunca me moví. Creo que me deben tener inventariada con el parque. Sin embargo, al parecer funcionó. Usté está acá. Volvió.
Iba a replicarle algo, pero me di cuenta de que tenía razón. Tarde o temprano, estaba de vuelta. Así que decidí hacer algo de provecho con mi boca en vez de hablar boludeces y me dispuse a saborear el chori que ahora ella me entregaba, correctamente envuelto en una servilleta de rollo de cocina.
Seguía siendo el mejor chori que probé en mi vida.
viernes, 20 de agosto de 2010
Espejos
-Eh, ¿Qué hacés? –le preguntó el chofer.
-Me bajo acá, flaco.
-¿Y me pensás dejar el cochecito de regalo?
Atado con los amarres de seguridad justo delante de donde él había estado sentado había un cochecito de bebé. Y en su interior un bebé durmiendo.
-Ese bebé no es mío –se apuró a negar.
-¿Me estás cargando, flaco? Subiste con el pibe en San Telmo. ¿Te pensabas que no me iba a dar cuenta?
-Flaco, en serio, ese nene no es mío, yo subí solo.
-Vamos a arreglar esto –dijo el chofer y paró el colectivo. Abrió la puerta delantera y se asomó.
-¡Oficial! –escuchó él que gritaba desde el interior. Un policía se acercó hasta donde estaban ellos.
-Buenas noches. ¿Qué pasa acá?
-El señor subió con un bebé y ahora lo quiere dejar arriba de la unidad.
-¿Eso es cierto?
-Mire, oficial, ese bebé no es mío. No tengo idea de donde pudo haber salido.
La siguiente escena lo encontró sentado en el interior de la comisaría, demorado junto al chofer y al bebé hasta que se esclareciera lo que realmente había pasado. Entonces llegó ella. Estaba en jogging y a cara lavada. Daba toda la impresión de que la habían arrebatado desde entre las sábanas. Apenas entró divisó el cochecito y fue corriendo hacia él.
-¡Mi bebé! –dijo, y levantó el nene a upa. Recién entonces el angelito se despertó y le sonrió a la madre. Luego ella se volvió hacia donde estaba él.
-¿Qué hacés, Walter? ¿Estás loco?
Walter no entendía nada. Jamás había visto a esa mujer. Aunque si lo pensaba un poco…
-¿Mariela? ¿Mariela Carbonell?
Claro, para que fuese Mariela Carbonell tendría que haberse cambiado el color de pelo, se lo tendría que haber cortado bastante, subido unos cuantos kilos y envejecido un poco más de lo que se hubiera esperado en este tiempo. Pero sí, era Mariela Carbonell. Su primera novia, de la secundaria. ¿Qué habría sido de ella en todo este tiempo? ¿Y qué carajo hacía ahí?
-Contestame, Walter. ¿Pensabas abandonar a nuestro bebé en el bondi?
Walter se quedó mirándola con la boca abierta, incapacitado de decir palabra. Era todo como un mal sueño, eso no podía estar pasando. Hacía más de quince años que no sabía nada de Mariela, y durante todo ese tiempo él había llevado una tranquila y disipada vida de soltero.
Por supuesto que una vez recompuesto intentó negar todo, pero resultó que Mariela había venido provista de un acta de matrimonio que declaraba que ellos dos eran marido y mujer desde hacía tres años, y una partida de nacimiento que decía que eran padres de la criatura, cuyo DNI Mariela tampoco se había olvidado de llevar encima.

La tercera escena lo encontró a él internado en un neuropsiquiátrico, esperando por una entrevista con un perito que iba a evaluar su estado mental. El televisor estaba encendido en un canal de noticias. El informe daba cuenta de una cumbre de mandatarios americanos que se iba a realizar en el plazo de un mes en el World Trade Center. Por otro lado, se esperaba que para el próximo once de septiembre el presidente McCain inaugurara finalmente el nuevo edificio de la Casa Blanca, destruido luego del atentado de 2001. En cuanto al ámbito nacional, el presidente Macri había dado al ejército autorización para combatir en las calles contra la creciente ola de inseguridad que asolaba el país entero. Entonces vino un ordenanza y cambió de canal. En TNT daban Volver al Futuro, con Eric Stoltz y Christopher Lloyd.
El perito lo llamó a su oficina.
-Y bien, señor… ¿Suarez? Cuénteme su versión de la historia.
-No sé, es una locura. Volvía a mi casa en colectivo del cine y aparece ese bebé y después esta mujer que dice que soy su marido. Encima veo la tele y dice que las Torres Gemelas están de pie y que Macri es presidente. ¿Qué falta? ¿Qué nunca hayan volado la AMIA? ¿Qué nunca se haya caído el vuelo Oceanic 815?
El perito lo miró.
-Mire, le voy a ser sincero. Ni siquiera se de lo que me está hablando. A la mutual israelita nunca le pasó nada y de ese vuelo que me dice no tengo idea. A mi me parece que usted tiene una confusión muy importante.
Walter no abrió la boca. Estaba consternado, y a punto de abandonarse. El perito siguió haciéndole preguntas y al final diagnosticó que aparentemente lo suyo era un caso de amnesia selectiva, que había provocado que olvidara momentos trascendentales de su vida. Era, eso sí, un caso curioso, porque normalmente los recuerdos suprimidos tenían que ver con la actividad del hemisferio derecho, el de las emociones, mientras que en este caso también había información cultural que parecía haber sido suprimida o alterada. No podía ignorarse la posibilidad de daño cerebral. Aunque por supuesto, para verificar todo esto era necesario que Walter aceptara su condición y se prestase a los estudios clínicos que había que realizar.
Walter se dio por vencido. No lograba entenderlo, no sentía que le faltasen recuerdos, simplemente los que tenía eran completamente distintos a la realidad que ahora le presentaban. Pero decidió someterse y dio su consentimiento para los estudios.
Durante los siguientes tres años Walter fue reeducado, finalmente dejó atrás esos falsos recuerdos y estuvo listo para volver a vivir en sociedad. Mariela fue a buscarlo y cuando llegaron a la casa Agustín los estaba esperando recién llegado del jardín con la tía Nora. Todo había vuelto a la normalidad, como siempre debería haber sido.
Con el tiempo las cosas fueron mejorando. Walter consiguió un buen trabajo y su situación económica mejoró. Cuando al fin pudo comprar el auto, y fundamentalmente cuando le renovaron el registro, supo que la pesadilla había terminado.
Salió de su oficina como todos los días, dispuesto a pasar a buscar a su esposa y llevarla a un restaurante a celebrar su realidad. El plan era ir a cenar a San Isidro. Ya con ella en el asiento del acompañante subió por la Autopista Illia y se dejó llevar por el paisaje del Parque Menem que se dejaba ver a los costados. Todo un gran espacio verde con juegos, un lago, un hotel de primera categoría y un shopping. Entonces se dio cuenta de que no había ido al baño en horas y que necesitaba hacerlo. Al pasar por el peaje le pidió a Mariela que lo esperase, se bajó del auto y entró en el bañito público. Mientras orinaba sintió un extraño dolor de cabeza y la sensación de que no estaba todo bien.
Entonces salió a la autopista y no encontró el auto ni a Mariela.
En su lugar, los edificios de ladrillo de cuatro pisos de la Villa 31 lo saludaban.
miércoles, 16 de junio de 2010
60 minutos más

Sobre el tablero la ilustración iba tomando forma. El cierre de la edición dominical se le venía encima y él trabajaba contrarreloj con pluma, pincel y aerógrafo.
Entonces sonó el teléfono.
-Hola, mi amor, ¿Qué estabas haciendo?
El reloj marcaba las once en punto de la noche.
-Estoy terminando la ilustración para el diario de mañana, cielo.
-Ah, ok. Yo acabo de llegar a la estación de tren. Te iba a decir que me pases a buscar, pero terminá con eso, nomás, que yo voy caminando.
-¿Estás segura?
-Pero sí, si son nada más que ocho cuadras y por avenida. No te preocupes que no me va a pasar nada. Nos vemos en un ratito. Besos.
Él volvió a su tablero. Las líneas iban tomando cuerpo, volumen, profundidad y color. Un rato después el dibujo estaba listo. Sólo hacía falta mandarlo por mail al diario.
Por cierto, ella ya debería haber llegado.
No faltaba demasiado para medianoche.
Sonó el timbre. ¿Habría perdido la llave? Él fue a abrir.
En la puerta estaba ella con dos hombres. Eran jóvenes y parecían drogados. Uno de ellos la sostenía con una mano y con la otra le apoyaba una .22 en la yugular.
-¡Pero qué casita, papá! –dijo el otro- Ves, es por eso que nunca di el cambio de domicilio. No sabés quién te puede aparecer por tu casa.
El del arma la soltó a ella y la empujó contra él. El otro empezó a revisar los muebles.
-Me juego que acá debés tener unas cuantas cosas que se pueden vender muy bien…
-Llevate lo que quieras, pero déjanos en paz –dijo él.
-Sí, esa es la idea en realidad. No nos gustan los testigos. Matalos, mudo. Medianoche es un buen horario para morirse, ¿no te parece?
El mudo le disparó primero a ella. Él vio la sangre en su cabeza y su cuerpo que se desplomaba. Entonces miró al mudo y alcanzó a escuchar el disparo y ver el fogonazo y el proyectil que partía directo rumbo a sus ojos y los cerró para no ver.
Entonces sonó el teléfono. No había señal de ella ni de los ladrones. Atendió.
-Hola, mi amor, ¿Qué estabas haciendo?
El reloj marcaba las once en punto de la noche. Sobre el tablero estaba su dibujo a medio terminar.
-Nada, en realidad, cielo. ¿Ya llegaste a la estación?
-Sí, estoy acá. ¿Me pasás a buscar?
-Claro, en dos minutos estoy ahí.
Él salió a la calle y miró para ambos lados. No entendía, pero tampoco quería encontrarse de nuevo con el mudo y su amigo. El auto estaba en la vereda. Sin perder tiempo él se subió y partió hacia la estación. Ella estaba ahí esperándolo.
-¡Qué rápido hiciste!
-Tenía ganas de verte.
Ella subió al auto. Luego de hacer cien metros él vio parados en la vereda a los dos bandidos esperando una víctima. No serían ellos, esta vez. Para distenderse prendió la radio.
-…y recuerden que a medianoche tendremos que atrasar los relojes una hora, y de esa manera recuperar esos sesenta minutos fatídicos que nos robaron en diciembre por el bendito horario de verano…
Llegaron. Una vez en la seguridad de su hogar a él ya no le importó el dibujo, ni el diario, ni el cambio de hora ni la concha del pato. Lo único importante es que ella estaba con vida, y con él. Comenzó a besarla, primero con cariño, luego con amor, finalmente con pasión.
-Mmm querido, ¡cómo estamos!
Hicieron el amor en la sala. Se arrancaron la ropa desprolijamente y se tumbaron en el sofá. Se dieron placer de diversas maneras durante más de media hora, hasta acabar juntos en un común estallido.
-Bueno, se ve que te sentías solito –dijo ella-. Prendeme un cigarrillo. Voy al baño.
Él tomó el atado de Camel y el encendedor y prendió uno para cada uno. Le dio una seca al suyo, tiró la cabeza hacia atrás y exhaló el humo con satisfacción.
Entonces sonó el teléfono.
-Hola, mi amor, ¿Qué estabas haciendo?
El reloj marcaba las once en punto de la noche.
martes, 8 de junio de 2010
Little Love Story
Ella entró al aula. Tenía ocho años y era su primer día de clase en tercer grado, su primer día en su nueva escuela. Él la miró e hizo un chiste estúpido cuando la Señorita Clara dijo su nombre. Ella también lo miró. Ninguno de los dos entendió demasiado, porque a los ocho años en esa época las nenas no andaban con los varones, pero se habían mirado, y los dos sintieron que algo pasó.

Fue pasando el tiempo. Ella se fue haciendo popular entre las chicas del grado. Él no, pero ya estaba acostumbrado. No tenían mucha relación entre ellos, pero siempre se cruzaban. Por alguna boludez o por lo que fuera, siempre estaban chocándose o algo así. Él se fue dando cuenta. Empezó a madurar dentro de él algo que estaba seguro se trataba del amor. Tenía once años ya cuando decidió que era tiempo de hacérselo saber. Sin embargo, no tuvo valor para enfrentarla cara a cara. Escribió una carta, la más romántica y sentida que jamás pudo haber escrito. Se la dejó en el pupitre en el primer recreo. Antes de que el recreo terminara ya estaban leyéndola todos sus compañeros y compañeras. La vergüenza lo embargó. Ella la abrió delante de los demás sin imaginarse lo que era, y después se arrepintió, pero ya era tarde. Después, lo único que atinó a hacer fue sumarse a las burlas de sus compañeros.
La historia continuó. En principio ambos fingieron que era una joda, aunque bien sabían que no lo era. Él, vía nota manuscrita, la citó para esa tarde en el Parque Ameghino. Ella, por supuesto, no fue. Comenzó un intercambio de notas en horario de clases que ninguno sabía bien a qué iba, eran simples agresiones sin fundamento, pero al menos estaban en contacto, y eso era lo que importaba. Esto duró hasta que la profesora de dibujo interceptó una y cortó este medio de comunicación. Él pensó que ya fue, que había sido muy bonito pero hasta ahí había llegado. Unos días después recibió una nota de manos del Negro Maidana, alguien que no se podía considerar exactamente como digno de confianza. La nota estaba escrita en rojo y llevaba la firma de ella, aunque no podía asegurar que fuera su letra. Allí decía que ella quería verlo en la puerta de la escuela a a salida, y que estaba todo bien. Él dudó, no le parecía posible que ella hubiera escrito esa nota. A la salida se quedó a treinta metros de la puerta de la escuela, y vio que ella estaba parada como esperando a alguien. No se animó a preguntarle, y perdió la oportunidad.
Sexto grado terminó, y él comenzó séptimo decidido a sacársela de la cabeza. Buscó entre las más lindas de las chicas que se incorporaban al grado y derivó hacia ellas su atracción, pero en el fondo sabía que era mentira y que la única mujer que le había gustado en toda su corta e inexperta vida estaba sentada en la segunda fila de la tercera hilera de pupitres del aula. Hubo un par de contactos a lo largo del año, pero existía un acuerdo tácito de que nada nunca había pasado, y ambos lo mantuvieron. Pasó el viaje de egresados, pasó el final de las clases, y la noche de la fiesta de despedida, cuando la mayoría de los compañeros de tantos años se verían por última vez, los pibes se sentaron en la esquina y mantuvieron una larga y última charla sobre cosas que jamás habían dicho.
-Ella es la más linda –dijo Martín. –Ella y Jessica. Las demás son el resto.
-Es cierto, ella y Jessica son las más lindas –apoyo él, que pensaba que Jessica era linda pero ella lo era mucho más, y si no lo dijo era porque los hechos del año anterior aún eran muy recientes, y no quería traerlos a cuento.
El azar, o quizás el destino hizo que cuando la fiesta se fue apagando y todos se fueron a su casa, los últimos que quedaron allí fueron él, ella y Martín. Ella esperaba que fueran en auto a buscarla, y ellos le hacían la gamba. El tema de la más linda del grado volvió a salir a la luz, y los dos varones afirmaron que era Jessica. Nada más pasó, y cuando llegó el coche ella se despidió con un beso para cada uno. Él notó que nunca antes le había dado un beso.
Las cosas que no se resuelven cuando hay que hacerlo tienden a convertirse en un tormento. Eso lo descubrió él esa misma noche, y las siguientes cuando el recuerdo de ese beso y las incontables oportunidades perdidas le empezó a rondar por la cabeza. Todo el tiempo. No tenía con quien compartir lo que le pasaba, o de quien recibir consejos. Sabía donde vivía ella, y conseguir su teléfono no sería problema, pero no se animaba a llamarla. Creía verla en todos lados, y una vez hasta se la cruzó en un colectivo 25 volviendo de Flores, pero no atinó a hacer nada más que saludarla con la mano. Los años pasaron, y su obsesión se calmó, pero el recuerdo de ella siempre quedaba.
Al cumplir los 22 años, él decidió por fin terminar con esa historia de una buena vez. Tenía su teléfono, pero no se podía comunicar. Fue hasta su casa, pero no la pudo encontrar. Aunque no le gustaba la idea, sólo tenía una forma de comunicarse con ella, la misma que había utilizado hacía once años. Le escribió una carta. Por supuesto que no era tan explosiva ni tan exagerada como la primera, pero para compensar era, aunque simple y moderada, mucho más sincera. No tuvo respuesta. Sólo recibió un llamado en su teléfono, pero nadie contestó cuando él atendió. Para él fue el fin de una etapa. Y como todo fin, dio paso a un nuevo comienzo.
Ella recibió la carta. La tomó de sorpresa, en realidad. Más de una vez había pensado en él, y mas de una vez, hacía años, había atendido llamados sin respuesta en el teléfono. Pero ahora estaba en pareja, y bien, y recibir la carta le movió el piso, y no supo qué hacer. Sin entender por qué, marcó el número que estaba escrito al final del papel. Y cuando escuchó su voz cortó. Había hecho lo mismo que tanto le fastidiaba. Y había comprendido por qué se lo habían hecho a ella.
Pero su relación no duró. Al año siguiente volvió a estar sola, y en medio de esa depresión normal que sigue al final de un amor encontró la cajita donde guardaba todas las cartas y las notas que había recibido desde doce años atrás. ¿Por qué no? se preguntó, y volvió a marcar el número que ya una vez había marcado.
-Hola –contestó una voz.
-Hola –dijo ella.- ¿sos vos? Soy yo
-Hola –siguió él. La voz se oía turbada. –Qué milagro. No puedo creer que seas vos.
-En realidad yo tampoco. ¿Qué tal si nos encontramos y charlamos un rato sobre todo lo que pasó durante estos años?
-Ehh... bárbaro. Cuando quieras. Supongo que tengo unas cuantas cosas para contarte.
-¿Te parece si te llamo en la semana y arreglamos bien?
-Cuando quieras te dije. Pasó mucho agua bajo el puente, pero me gustaría verte.
-Bueno, te llamo entonces. Un beso.
-Chau.
La conversación le cambió el dia. Fue a trabajar con otro humor, fue a estudiar con otro humor, la vida se le hizo un poco más liviana. Dos días después lo volvió a llamar. Esta vez atendió una voz de mujer. Ella preguntó por él.
-No, mirá –contestó la voz-, él no volvió del trabajo todavía. ¿Querés que le diga algo?
-Sólo que lo llamé. ¿Usted es la mamá?
-No...-la voz dudó- soy la esposa.
-Gracias.
El mundo se le vino encima. Todo lo bien que se había sentido después de hablar con él ahora se le había dado vuelta. Al poco tiempo recibió una nueva carta donde él le explicaba que en ese año él se enamoró y se casó, que ya no podía esperarla, que lo lamentaba por lo que pudo haber sido, pero que ya no sería.
Nunca se volvieron a ver, hablar o escribir.
viernes, 4 de junio de 2010
Siempre hay uno más
Él se acercó con aire casual a la ventanilla. No tenía que levantar sospechas ni ponerlo sobre aviso, pero disponía de muy poco tiempo para hacer lo que tenía que hacer. El plan era sencillo. Se acercaría a un metro del tipo del celular, esperaría que se cerraran las puertas y entonces en un movimiento rápido se lo arrebataría de la mano y saldría corriendo. No era la primera vez que lo hacía. A veces salía bien, y a veces las víctimas lograban meter la mano a tiempo. Era parte del juego.
Sonó el silbato del guarda. Showtime.
Esta vez algo salió mal. Él alcanzó a manotear el celular, pero el tipo fue más rápido. No, no sacó el celular a tiempo. En lugar de eso, con la otra mano lo sujetó de la muñeca. Y no lo soltó.

Él quiso zafarse, pero el del celular no lo dejaba. El tren arrancó. Esa mano que aferraba la suya era como una pinza de fuerza. “¡Soltame!” le decía. “¿Qué hacés? ¡Soltame!” El tipo no contestaba, solamente lo miraba fijo a los ojos. Con la otra mano el trató de soltarse, incluso le tiró un puñetazo, pero la izquierda es boba. Mientras tanto el tren avanzaba por el andén cada vez a mayor velocidad. En cuanto se dio cuenta estaba corriendo junto a él. El tipo del celular seguía mirándolo fijo. El final del andén se venía encima, y con él la reja que daba el corte a la plataforma de un metro y medio de altura por la que estaba corriendo. Justo antes de llevársela puesta, el del celular lo soltó y le dijo unas palabras. Antes de poder procesarlas la reja lo golpeó con fuerza y lo empujó hacia la formación en marcha. Él cayó en el espacio entre vagones. Impávido, vio cómo las ruedas destrozaban sus piernas.
Aún en estado de shock, mientras los paramédicos lo subían a la ambulancia, resonaban en su cabeza una y otra vez las palabras de su verdugo.
Siempre hay uno más loco que vos.
jueves, 29 de abril de 2010
Último Adiós

El teléfono sonó a las diez de la mañana del domingo. Era Cristian.
-¿Qué pasa Caco?
- Es Aldo. ¿Te acordás de que se fue a vivir a Rauch?
-Sí, algo me había enterado.
-Bueno, me llamó Pato, la hermana. Me dijo que en los últimos meses andaba bastante deprimido. Parece que anoche se bajó un blister de Rivotril. Lo encontraron muerto hace un par de horas en su pieza.
Me quedé mudo. No esperaba esa noticia.
-Mirá –continuó Cristian. Yo sé que vos y él tuvieron sus problemas, pero me pareció que considerando lo vivido juntos, y ya que tenés auto, se merece que vayamos a despedirlo. Era nuestro amigo, che.
Estaba por decirle algo, pero me dí cuenta de que tenía razón. Aldo se lo merecía.
-¿Lo velan a cajón abierto? –pregunté.
-Supongo que sí…
-No voy a salir a la ruta con la panza vacía. Venite que almorzamos algo y salimos para Rauch.
Después de cortar con él me fui al chino de la otra cuadra. Compré una lata de lentejas y otra de salsa portuguesa. Sé que no es lo ideal, pero no quería perder tiempo cocinando. También llevé chorizo colorado, panceta y una papa. Preparé un buen guiso y cuando Cristian llegó a casa ya estaba listo para comer. Cuando terminamos agarré la llave del auto y me preparé para salir.
-¿Ya? –preguntó Caco- Todavía ni bajamos la comida.
-La bajás en el viaje –le dije-. No quiero perder tiempo para eso.
Salimos por la Richieri y de ahí por Cañuelas a la Ruta 3 y después la 30. Llevé el milqui a 120, lo máximo que da con gas. Viajamos en silencio. Para la tarde estábamos en Rauch. Caco buscó la dirección del velatorio y ahí fuimos. Al entrar vimos a Pato. Caco fue directo a saludarla. Yo, al cajón. Allí estaba Aldo, maquillado, inmaculado, parecía haber encontrado la paz que en vida no tuvo. No lo pensé demasiado y me metí los dedos en la garganta hasta tocar la campanilla. Vomité sobre su cuerpo el guiso que con tanto ahínco había preparado.
-Al fin hiciste algo bueno en tu vida, hijo de puta –le dije al cuerpo inerte del garca-. Tomá, llevate mis lentejas de recuerdo.
Después me dí vuelta ante la mirada atónita de todos los presentes. Entonces me dirigí a Pato.
-¿Qué hacés Pato, todo bien? Disculpá que no pueda quedarme a charlar pero hoy juega Huracán y no me quiero perder Fútbol de Primera. –Y luego a Caco:-¿Vamos, Cristian? Voy poniendo en marcha el auto.
Ahora sí, me sentía mucho más liviano.
(Con cariño para Antes que Caín, Antes que Abel )
martes, 20 de abril de 2010
Propuesta al gobierno de turno
Desde que tengo memoria cada gobierno acusa al anterior de haberle dejado una “pesada herencia”.
Acaso la más pesada de todas sea la que nos ha quedado por ser hijos de españoles. Precisamente, lo que más nos pesa es el peso.
¿A quién se le ocurre denominar “peso” a su moneda? ¿No resulta evidente que batallar permanentemente en pos del peso es lo que ha encorvado nuestras espaldas?
Entonces, dado que por él hay que sostener la sartén, y que incansablemente buscamos ese que nos haga morfar, propongo modestamente desde esta humilde tribuna que el peso sea derrocado por el omnipresente mango.
Porque seamos sinceros, cuando uno consigue manejar unos cuantos mangos se siente mucho más aliviado que si se llena de pesos.
Pero no es sólo por la denominación de nuestra moneda por donde debe pasar el cambio. Se hace preciso un cambio de sistema más que de modelo. Es por eso que eliminaremos el sistema decimal de la economía argentina. Basta de centavos. A partir de ahora la centésima parte de un mango se llamará “guita”. Nunca más cinco para el peso. Ahora gastaremos en un paquete de puchos cinco mangos con cincuenta guitas, como siempre debería haber sido.
Y del mismo modo hacia arriba. Diez mangos seguirán siendo diez mangos, pero la centena cobrará denominación propia, y así nos encontraremos ante el nacimiento de la Gamba. Cien mangos serán una Gamba, del mismo modo que mil mangos serán una Luca y un millón de mangos se convertirán en un Palo.
De esa manera, mezclando el lenguaje coloquial con el formal, de una vez por todas lograremos tomarnos nuestra economía en serio.

Ya dejaremos de utilizar cifras exorbitantes de las que se pierde la real dimensión. Cuando nos pregunten cuanto nos costó el auto, ya no diremos que lo pagamos treinta y cinco mil quinientos pesos. En cambio podremos decir que han sido treinta y cinco lucas con cinco gambas y ahí diremos “carajo que salió carito” o “carajo que lo pagaste barato”, dependiendo de que el auto en cuestión sea un 306 modelo ’99 o un C3 2007.
Anexo quiero proponer el diseño de billete para cada valor.
Para un mango: Billete verde con detalle sobre el asa de un jarro de aluminio.
Para una gamba: Billete rojo con detalle sobre una de las piernas de una vedette de moda (verbigracia, Evangelina Anderson).
Billete de dos gambas: Color Rosa. Plano sobre las piernas de la estrella del momento (verbigracia, Florencia de la V)
Billete de una luca: Color gris. Retrato del líder de Sumo en primer plano con la bocha afeitada y anteojos negros.
Billete de un palo: En el potencial caso de ser necesaria una divisa de tan alta denominación propongo que el color preponderante sea el violeta, y que la figura que lo ilustre sea el viejo y querido Ancho de Bastos.
Desde ya espero que mi propuesta sea aceptada y puesta en práctica a la brevedad.
Muchas gracias.
jueves, 15 de abril de 2010
Sangre Nueva
La edad trae experiencia. Y a mí experiencia me sobra.
La invité a pasar a mi piso. En general trato de ir a un lugar neutro, pero cuando la persona me interesa la llevo a mi casa. Casi siempre son mujeres, pero cuando uno ha tenido tanto a veces se hastía y quiere probar otra sangre. Aunque no hay como el sabor de una tierna mujer en su plenitud. De manera que la hice pasar y la invité a ponerse cómoda. Luego le serví un trago y clavé en sus ojos esta mirada irresistible con la que he sido dotado. Nadie ha logrado mantener sus defensas ante mi mirada. Entonces, sólo fue cuestión de disfrutar lo que ya había obtenido. Ella, juguetona, se dejó quitar la ropa. Yo observé su piel de satén, sus piernas de atleta, su culo de gimnasta y su vientre de odalisca. Con ganas tomé entre mis manos sus pechos firmes y duros como dos manzanas deliciosas, e igualmente dulces. Ella se dejaba hacer hasta que en un momento tomó la iniciativa y comenzó a lamer mi pija con ternura primero, luego con deseo, hasta engullirla con pasión desenfrenada una y otra vez. Yo me dejaba placentero, conciente del postre que me esperaba al final. Seguíamos aún en el living, de manera que la llevé hasta el ventanal y allí, contra el vidrio frío que gobernaba desde el piso 21 a esa Buenos Aires invernal, y despojados ambos de la prisión de nuestras ropas, comencé a disfrutar sobre ella de mis sentidos. Primero el tacto. Recorrí con la yema de mis dedos su cuerpo de una perfección difícil de encontrar. Me dejé deslizar por su cuello como un presagio, por sus hombros, me tenté con las rojas frutillas de sus pezones rebosantes de vida, sentí el calor y el color que dormían en la cara interior de sus muslos.

Y aún tras ella, con los cuerpos recuperándose del placer, me acerqué hasta su cuello y hundí mis colmillos en su yugular. Su esencia comenzó a manar en finos chorros escarlata, y mi boca la bebió gota a gota. Los científicos jamás comprenderán cuanta diferencia hay en el sabor de la sangre antes y después de un orgasmo. Poco a poco esa vida que sentía hervir en su interior la fue abandonando, hasta que saciado mi apetito, y antes de que partiera hacia donde ya no la podría rescatar, abrí un tajo con mi uña en una de mis venas y la convidé a beber de ella. Entonces recuperó el color y la vitalidad. Acababa de morir, es cierto, pero también acababa de nacer a una nueva y larga vida junto a mí. Había sido elegida.
No es común que nos reproduzcamos. Si lo hiciéramos inundaríamos la tierra y pronto nos quedaríamos sin comida. Por eso cada tanto elegimos a una de nuestras víctimas entre todas para que nos acompañe. Hace dieciocho años elegí por última vez, y mi compañera resultó una de las mejores que he tenido en estos siete siglos de existencia. Pero ya es hora de que haga su propio nido, y lo sabe. Hace varios meses que estoy eligiendo una nueva hembra para que esté a mi lado, de entre muchas candidatas que fui encontrando en Internet. A veces la tecnología puede ser una ayuda inestimable.
Ella no está esta noche en casa. Nunca está cuando salgo de cacería. Cuando vuelva le presentaré a la nueva integrante de la familia. Ahora corro las cortinas, pronto llegará ese amanecer que nunca más volveremos a ver. Es hora de descansar.
Mañana la eternidad te espera.
miércoles, 7 de abril de 2010
Un día de laburo
La cochera tenía una escalera que daba a la habitación. Allí se encontraron directamente con la bañera para hidromasaje, redonda, imponente. Más al costado encontraron la gigantesca cama, el televisor de LCD, el frigobar. Ella se quitó el abrigo, los anteojos y se soltó el cabello. Ambos rieron y fueron desvistiéndose, mutuamente y sin prisas. Él se sentó en el borde de la cama y ella comenzó a practicarle sexo oral. A él lo volvía loco cómo lo hacía. Pero esta vez ella quiso intentar algo nuevo. Arrodillada en el suelo, colocó las piernas de él sobre sus hombros para levantar un poco las nalgas y comenzó a acariciarle el perineo. Él, con cierto recelo, se dejó hacer. Entonces, mientras con una mano seguía masturbándolo, su lengua decidió ir en busca de su ano. Él experimentaba una sensación nueva, suponía que le gustaba, pero aún no lo podía asegurar. Entonces ella, sin previo aviso y con algo de brusquedad, hundió su índice izquierdo en su recto.

Se escuchó un ruido seco. Él no esperaba esa intromisión en su cuerpo, y su reacción fue casi refleja. Apretó sus piernas y se echó hacia un costado con fuerza.
Entre sus piernas estaba la cabeza de ella.
Él tardó uno o dos segundos en comprender la situación. Con la mano se sacó el dedo que aún estaba en su culo y vio el cadáver tirado en el suelo.
Él comenzó a desesperarse. Estaba en un hotel con el cuerpo muerto de una mujer que no era su esposa y que había entrado junto a él con vida. Durante media hora estuvo dando vueltas, agarrándose la cabeza, tratando de pensar en qué hacer. Se le ocurrían varias formas de deshacerse del cuerpo que había visto en sendas películas, una más macabra que la otra. No se animaba a hacer eso. No se imaginaba tirándola al costado de una ruta ni diseccionándola con una cuchilla de carnicero. Por lo pronto debía hacer algo. Comenzó a vestirla. Si bien el cuerpo no tenía aún la rigidez de un muerto, ya estaba perdiendo calor y flexibilidad. Costó mucho ponerle la ropa, pero la puteada se le escapó mientras le trataba de poner el pañuelo en la cabeza.
Bajarla por la escalera resultó casi imposible. Pudo hacerlo finalmente, pero el esfuerzo lo dejó agotado. Tuvo que decidir si meterla en el baúl o en el asiento delantero. Al final se decidió por el asiento. No quería levantar sospechas al entrar en pareja y salir solo. De manera que tan discretamente como entró se fue del hotel con el cuerpo de su amante como copiloto.
El Mègane se dirigió por Camino Centenario al Norte. Al llegar a Parque Pereyra él sin bajarse del auto reclinó el asiento del acompañante para acomodar el cadáver en el piso entre las dos filas de asientos. No se sentía seguro para nada, pero tenía que actuar lo más fríamente posible. Luego sacó el celular e hizo una llamada.
-¿Julio?
-¿Qué pasa Negrito?
-Necesito que me ayudes viejo. Me mandé una cagada importante.
-¿Qué carajo hiciste esta vez?
-No te puedo contar por celu. Estoy yendo para allá.
-Bueno, te espero. Y guarda con donde te metés.
El Mègane retomó la marcha. La adrenalina lo recorría de punta a punta cada vez que pasaba cerca de una patrulla o de un puesto de control policial.
Cuando estaba llegando al Cruce de Varela dos policías lo detuvieron al costado del camino.
-Buenas tardes.
-Buenas tardes Oficial.
-Permítame Cédula Verde, Registro y Seguro.
-Aquí tiene, cómo no.
Parado junto a la ventanilla el policía examinó con cuidado los documentos durante un interminable minuto. Él rogaba que no quisiese asomarse al interior del auto.
-Muy bien. VTV no corresponde porque es 0 km.
-Claro, lo compre hace un mes el coche.
-Linda máquina, lo felicito. Aquí tiene. Que siga bien.
-Muchas gracias Oficial, hasta luego.
Mientras arrancaba el auto sintió una leve lipotimia. ¡Dios, qué manera de liberar tensiones! Se recupero enseguida y continuó con su ruta. Siguió por Camino General Belgrano y al llegar a la rotonda encaró por Monteverde. Luego de unos kilómetros de andar se metió por unas calles interiores hasta que encontró una delegación policial.
Se detuvo en la puerta y se asomó para saludar al Suboficial de Guardia.
-¿Qué hacés Cachito? ¿Me lo llamás a Julio?
El suboficial entró a la Comisaría y pronto salió seguido de un policía curtido y corpulento que llevaba en sus hombros insignias de Subcomisario.
-¿Cómo andás Negro? Contame qué te pasó.
-Vení, subite al auto Julito.
El policía obedeció.
-Mirá atrás, en el suelo.
Julio abrió los ojos con estupor.
-¿Qué cagada te mandaste macho?
-Qué se yo, fue sin querer… me estaba chupando la pija y le quebré el cuello…
-Mierda, no sé cómo hizo Verónica para sobrevivir tantos años… Mirá, yo de esta te hago zafar, pero te aviso que te va a salir caro eh…
-Sí, me imagino. Arreglámelo y después me pasás la cuenta.
-Si no fueses mi hermano menor te juro que te recagaba a patadas en el orto. Puta que te parió Negro… Llevá el auto atrás de la seccional así bajamos el cuerpo…
Él llegó a su casa a la hora de siempre. Impecable, como de costumbre.
-¡Buenas tardes mi amor! –le dijo Verónica- ¿Qué tal tu día de trabajo?
-Uno más, como todos –contestó él.
-¡Hola Papi! –lo saludó Emmanuel- ¿Me ayudás con la tarea de inglés?
-Dale –dijo Vero-, ayudalo que yo mientras preparo la cena.
Él se sentó junto a su hijo en la mesa del living y se pusieron a revisar verbos irregulares.
Tenía claro que la imagen de su rostro pálido y frío ya no lo abandonaría por el resto de su vida.
lunes, 5 de abril de 2010
Oldies

¿Te parece si vamos a almorzar al Pumper? Con Frenys.
domingo, 28 de marzo de 2010
Beatrice
Mis pasos me llevaron hacia La Paz. El viejo bar de Corrientes y Montevideo ya no es lo que era, ahora está muy arreglado y modernito, si hasta parece del Primer Mundo. Entré y pedí un capuchino y un tostado de miga, lo de siempre. Tomé el primer sorbo, cerré los ojos saboreando la espuma que lentamente se deshacía dentro de mi boca, y entonces sentí su mano sobre mi hombro. No quería abrir los ojos. Sentía su perfume inconfundible, su suave tacto acariciando mi viejo y gastado piloto, su mirada que ya buscaba la mía, sentía todo, pero me negaba a descubrir mi error. Cuando al final me decidí a verla, ella había tomado su lugar frente a mí en la mesa.
-Cómo te pegó el tiempo, querido. Me acuerdo de ese joven y aguerrido militante de izquierda de los setenta y no puedo creer que sea el mismo que estoy viendo... Esa melena negra y tupida que era la envidia de más de uno...
-Hoy son dos pelos locos y encima con canas. La verdad es que probé un par de cosas para tratar de conservar ese símbolo de virilidad que era mi pelo, pero al final terminé aceptando que una pelada con dignidad puede causar el mismo efecto en las mujeres. Claro, cambiando el target. Vos en cambio estás igual, tan linda como la última vez que nos vimos.
-Obvio, nene, ¿qué esperabas? ¿Qué envejeciera y me convirtiera en una vieja decrépita? No, gracias. Por suerte estoy más allá de eso.
-¿Eso quiere decir que yo sí soy un viejo decrépito?
-Pero lo dijiste vos, eh.
Estar de nuevo con Beatriz después de veinticinco años era mágico. Ella pidió otro capuchino, pero esta noche era especial y no tardamos en encargarle al mozo una botella de Legui entera para nosotros, que nos reencontramos a través de un cuarto de siglo, olvidando lo que pasó en el medio, saltando un bache de milenio a milenio lleno de tantas cosas vividas y no.

-¿Y, me vas a contar algo?- le pregunté.- ¿Cómo es allá? ¿Saben algo de todo lo que pasa por acá o sencillamente no les importa?
-Todo se sabe, y cómo duele. A veces pienso en aquellas épocas, nuestra lucha, nuestros ideales, y veo en lo que vino a parar, y siento que algo se me raja adentro. Tanto pelear, tantos muertos, y la Argentina se convirtió en ésto. Pero no quiero hablar más de eso. Irse es tan difícil. Acá dejás todo, los afectos, las costumbres, el mate. Allá es mejor, no hay dudas, pero nunca te olvidás de lo que quedó acá. Armando, esta noche es para vos. Sabés a donde quiero ir.
Llovía en Buenos Aires. Una fina y delicada llovizna que resaltaba las luces de los faroles y los teatros contra el asfalto mojado. Siempre habíamos dicho que cuando llueve la ciudad potencia su belleza. No llevábamos paraguas, ni lo necesitábamos. Apenas enfundados en nuestros pilotos demodée rumbeamos Corrientes abajo, para el lado del Obelisco. No dijimos una palabra durante todo el camino, sabíamos bien a dónde íbamos y cómo llegar. Después de cruzar la 9 de Julio seguimos por Diagonal hasta Maipú, y después Chacabuco. El hotel seguía donde siempre, Chacabuco entre Estados Unidos y Carlos Calvo. Había cambiado, como La Paz, pero seguía siendo el mismo hotel. Antes de entrar nos besamos largo rato bajo la lluvia.
Hicimos el amor tres veces, toda una hazaña después de los cincuenta. Casi no hablamos. Era, sencillamente, algo que nos debíamos y nos estábamos cobrando. Cuando la lujuria se apagaba, por fin abrí la boca.
-Te fuiste muy de golpe. Un día estabas, y al otro nadie sabía nada de vos. Para cuando llegaron las noticias ya estaba desesperado, y cuando me enteré fue peor. Ni siquiera pudimos despedirnos.
-Sabíamos en lo que nos metíamos, Armando. Conocíamos los riesgos, y los aceptamos. Lo mío fue una cagada, pero sabés que no fui la única. Miles se fueron conmigo. Y la mayoría no volvió más.
-Pero ahora estás acá, y quisiera que esta noche dure para siempre.
-Pero no va a ser así. No nos queda mucho de esta noche para disfrutar, así que mejor la aprovechamos al máximo. Abrazame, Armando. Te amo.
-Te amo. Nunca dejé de amarte, Bea.
Esa noche no dormimos. Era tan fuerte la sensación de volver a sentir su piel, su pelo, su voz, su aliento, que no quise que el sueño me la arrebatara. Recién al mediodía aceptamos que nuestra noche había acabado, y salimos del hotel. Sin soltarnos, nos preparamos para la despedida.
-Es duro dejarte ir otra vez. Fue mucho tiempo sin vos.
-También es duro para mí, pero así debe ser. No escribo las reglas. De todos modos, supongo que puedo esperar una visita tuya en estos días.
-¿Estás en el lugar de siempre?
-En el lugar de siempre.
-Contá con eso, entonces. ¿Querés que te acerque en un taxi?
-No, es mejor que vuelva sola. No es por vos, volví sólo para verte. Pero creo que para los dos es mejor que me vuelva sola.
-Nunca te olvidé –dije, y le paré un taxi.
-Ni yo.
Se fue.
Al día siguiente era domingo. Me levanté temprano, sabía que tenía que visitarla. Me vestí lo mejor que pude y caminé hasta Combate de los Pozos para tomar el 50. Me bajé en Avenida del Trabajo y Varela y empecé a desandar las cuadras que me llevaban hacia ella. Paré en una florería, compré flores, siempre le gustaron los jazmines. Entré y me pregunté si iba a recordar cómo se llegaba hasta ella. Entonces vi el panteón de la Marina Mercante y lo supe. Conté cinco filas y cuatro hileras y llegué a su tumba. Dejé los jazmines y me puse a llorar.
Elena Beatriz Damiani fue secuestrada en su casa por un grupo parapolicial el 23 de julio de 1977. Su cadáver fue encontrado tres semanas después en un descampado en Ingeniero Budge. Su pareja, Armando Forcino, fue el encargado de reconocer el cuerpo en la Morgue Judicial de Lomas de Zamora.
viernes, 26 de marzo de 2010
Pentagrama
En La Trastienda tocaba Manu Chao. Mientras aquellos precavidos que habían comprado sus entradas con anticipación hacían la cola para ver el espectáculo, otros procuraban conseguir las últimas localidades disponibles, ya sea en la boletería o a través de los revendedores que nunca faltan para este tipo de ocasiones. El show estaba anunciado para la medianoche. Todavía faltaba más de una hora y la vereda de la calle Balcarce estaba colmada de gente. Durante un buen rato todo estuvo en calma. Esta se quebró cuando uno de los que buscaba conseguir sus entradas golpeó hombro contra hombro al pasar a uno de los que hacía la cola para entrar. L

-Parásito hijo de puta…
La reacción del atacado no se hizo esperar.
-¿Qué te pasa, la concha de tu madre?
-Gordi, no le sigas el juego por favor… -dijo la mujer que lo acompañaba.
-Que sos un parásito hijo de puta –repitió el agresor ahora en voz bien alta-, y que tenés bien merecido lo que te pasa.
-¡Vení y decímelo en la jeta, la reputísima madre que te reparió!
-Gordi, por favor…
-¿Qué te pensás, que te tengo miedo, la concha de tu hermana?
-¡Vení y decímelo en la jeta, entonces, cagón!
El otro se acercó y apenas estuvo a su alcance recibió un derechazo que le hizo sangrar la nariz. Enseguida se recompuso y se le tiró encima al otro, de manera que en segundos ambos estuvieron en el suelo peleando a mano limpia. El resto de los presentes trató de interceder para separarlos, y hubo más de uno que recibió un buen golpe en el intento.
En ese momento pasó un autobomba por Belgrano rumbo al Bajo con la sirena a toda máquina.
Sol
-¿Te parece? –preguntó Francisco.
-Ponga. Esta mano y ganamos, asegurá la primera –contestó Rodolfo.
Francisco apoyó el ancho bueno sobre la mesa. Juan miró a Tulio.
-¿Tanto?
Por toda respuesta Tulio dejó caer los párpados al tiempo que negaba con la cabeza.
-Vamo con cuidado. Estos dos están cargados.
Juan apoyó el cuatro de copas y se quedó callado. Rodolfo preguntó:
-¿Para el tanto cómo andamos?
-Maso pero no perdemos nada.
-Envido, entonces.
-No se quiere –contestó Juan.
Rodolfo soltó un rey y Francisco gritó.

-Bueno, truco, entonces.
-Y, ya no queda otra. Queremos.
-Quiero retruco –subió la apuesta Tulio-. Y si ganamos, ganamos.
-Quiero –contestó Francisco antes de dejar en la mesa un tres.
Juan puso una sota y dijo:
-Voy a esa.
Rodolfo miró fijo a Francisco y dejó en la mesa el siete de copas. Tulio tiró el siete de oros.
-Saltó –dijo Francisco.
Acto seguido Tulio puso un triste cuatro de espadas.
-Estamos en tus manos, Juan.
-Quiero vale cuatro –gritó Francisco.
-¿Y qué querés –preguntó Juan-, que te diga que no? Quiero.
Francisco tiró un tres. Triunfal, Juan puso el siete de espadas que atesoraba entre sus manos.
-¡Bueno, se acabó la joda, incendio en Paseo Colón y Carlos Calvo!
De inmediato todos se levantaron y corrieron a ponerse los uniformes. En segundos alistaron el autobomba y salieron rumbo al siniestro a toda velocidad con Tulio al volante.
En la mesa quedó el ancho de bastos que marcaba el triunfo de Rodolfo y Francisco.
Si
Verónica se levantó como cualquier día. Siete de la mañana arriba y a desayunar con Augusto. Por suerte no era un día más, era viernes y apenas doce horas la separaban del ansiado fin de semana. Como de costumbre, bajaron juntos en el ascensor rumbo al estacionamiento.
-Hoy lo voy a rajar a Bordenave.

-¿Y eso por qué?
-Parece que está metiendo la mano en la lata.
-¿Y hay pruebas?
-Todavía no, pero el directorio ya acordó desvincularlo de la empresa. Las pruebas van a estar en los estados de cuenta que me pienso traer hoy en la laptop.
-¿Y se afanó mucha guita?
-Aparentemente cerca de doscientos mil pesos. Mucha guita.
-Tené cuidado, por favor, querida.
-No te preocupes Agu, yo lo puedo manejar y además en el edificio hay seguridad. No me va a hacer nada.
-Vos cuidate, nomás.
-Quedate tranquilo, corazón. Ser gerenta de RRHH tiene sus implicaciones desagradables, pero va a estar todo bien.
La 4x4 fue por Paseo Colón, Alem, Figueroa Alcorta, Lugones, General Paz y Panamericana hasta Olivos. Entraron al estacionamiento de la empresa y luego a sus respectivas oficinas.
-Augusto, más o menos a las once mandame a Bordenave a mi despacho.
-OK.
A las once y diez Bordenave entró en el despacho de Verónica. A las once y veinticinco salió del despacho para vaciar su escritorio y volver a su casa.
Para las cinco de la tarde Verónica tenía un nivel de agotamiento importante. Cuando se encontró con Augusto en el estacionamiento no pudo evitar un suspiro de cansancio.
-Llegamos a casa y pedimos unas empanadas. Hoy me quiero acostar temprano. No doy más.
-¿Cómo te fue con Bordenave?
-Pegó un par de gritos, pero nada grave. Para mí que se dio cuenta.
-¿Te acordaste de las cosas que tenés que revisar?
-Sí, las llevo en la notebook.
-¿Y es realmente necesario que mires eso en tu fin de semana?
-Mi amor, sabés que a veces mi laburo no tiene horario…
-Sí, pero también tenés que descansar, cielo. Mirá el stress que tenés.
-Amor, voy a estar bien, quedate tranquilo.
Llegaron a casa y subieron por el ascensor. Verónica se pegó una ducha y después de ella Augusto. Ella se quedó después mirando Los Simpsons mientras esperaban las empanadas. Augusto bajó a buscarlas, cenaron y después Verónica tomó un tilo.
-Amor, yo me voy a acostar –le dijo luego a Augusto.
-Que descanses, cielo. Yo me voy a quedar un rato más mirando la tele.
Todavía no eran las ocho y media de la noche cuando Verónica se tomó un Valium y se metió en su cama. Cinco minutos después estaba durmiendo.
Re
-Gordi, ¿A qué hora es el concierto?
-Está anunciado para medianoche. Con que estemos allá diez y media tiene que estar bien.
-¡Buenísimo! ¡Me muero de ganas por estar allá!
-¿Nunca viste tocar a Manu?
-No, hasta ahora nunca.
-Vas a ver que te gusta. Yo voy a llegar a casa más o menos a las seis y media. Tenemos tiempo de tomarnos unos mates y prepararnos bien. Después si querés cenamos algo livianito en Puerto Madero y nos vamos al recital.
-Dale. Yo en el almuerzo veo si me compro algo para estrenar esta noche.
-Ah, ¿para el gallego ese estrenás ropa y para mí no? Qué bonito, eh.
-Mmm lo que voy a estrenar para vos no lo va a ver nadie más que vos…
-Suena lindo…
-¿Púrpura con encaje te suena mejor?
-Bueno, mejor dejalo ahí porque estoy en el laburo.
-Jajaja, está bien. Nos vemos a la tarde en casa entonces.
-¡Bordenave!
-Me llaman, te tengo que dejar. Esta noche Manu Chao en la Trastienda. Te quiero, dulce.
-Nos vemos después, Gordi.
-¿Qué pasa, Augusto?
-Mi mujer te quiere ver en su despacho. Es importante.
-¿Sabés de qué quiere hablar?
-No me corresponde. Que te lo diga ella.
-Ok. Voy a verla entonces.
“Lameculos de mierda” pensó Bordenave mientras iba al despacho de Verónica.
Fa
La conversación de Augusto con su esposa lo dejó intranquilo. Bordenave era un buen chivo expiatorio, pero si Verónica revisaba esos estados de cuenta él estaba jodido. Ya hacía tres años que estaba jugando al marido amoroso con ella y tenía las pelotas un poco llenas.
La idea surgió cuando fue a buscar a Bordenave. Manu Chao toca en La Trastienda, son menos de diez cuadras de su casa. Por Internet averiguó que el show se anunciaba para medianoche. A lo mejor podía armar algo. Durante el almuerzo se acercó hasta la estación de San Martín y compró un chip de Movistar.
Como de costumbre, especialmente los viernes, Verónica se empastilló para dormirse. Podía estar la filarmónica de Buenos Aires tocando la Cabalgata de las Walkyrias al lado de ella y no se iba a despertar. Su notebook estaba sobre la cómoda, junto a la ventana. Al lado estaba el iPhone. Augusto apoyó el hornito aromático sobre el iPhone, de manera un tanto precaria. Luego salió del departamento y caminó por Paseo Colón en dirección a Belgrano. Cuando llegó trató de conseguir entradas, pero era esperable que estuviesen agotadas. Preguntando localizó a un revendedor y así obtuvo su localidad. Para entonces ya eran casi las once de la noche. Se fue aparte y sacó su celular. Cambió el chip por el que había comprado a la tarde y llamó a su esposa. El celular sonó seis veces antes de que saltara el contestador. Con eso debía ser suficiente. Volvió a cambiar el chip y borró el registro de la llamada. Luego calculó.
El hornito estaba sobre el borde del iPhone. Verónica siempre dejaba su teléfono en vibrador. El hornito, que ya debía estar seco, caería sobre la notebook. Ésta aún tenía el plástico protector sobre la tapa, así que no tardaría mucho en empezar a quemarse. Apenas lo hiciera, el fuego alcanzaría las cortinas. Al ser sintéticas, las cortinas quemadas caerían sobre la alfombra como fuego líquido. En menos de cinco minutos la habitación donde dormía Verónica estaría en llamas.
En ese momento vio a Bordenave. Iba con una mujer, posiblemente su esposa. Pasó a su lado y sin disimular golpeó su hombro con fuerza mientras por lo bajo decía:
-Parásito hijo de puta…
Mientras la gente de la entrada trataba de separarlos escuchó el autobomba que pasaba a toda velocidad por la esquina y supo que su plan marchaba bien. El departamento se incendiaba y él tenía una coartada perfecta.
domingo, 21 de marzo de 2010
Preámbulo a las instrucciones para configurar un celular
Pensalo: cuando te regalan un celular te regalan una pequeña cárcel tecnológica, un GPS virtual, un rastreador inseparable. No te dan solamente el móvil, que los cumplas muy felicesy esperamos que te dure porque costó unos buenos pesos, un Blackberry 8520 con Wi-Fi y conexión a redes sociales; no te regalan solamente ese soporte multimedia que vas a llevar a todos lados. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que conectar a tu cuerpo con su headset como un apéndice desesperado que se desprende de tus orejas. Te regalan la necesidad de ponerlo a cargar cada noche, la obligación de recargar crédito para que siga siendo un celular; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en la tele, de escribir o contestar mensajes en cualquier momento, de saltar cuando escuchás “Two princes” de Spin Doctors aunque no sea realmente una llamada entrante. Te regalan la necesidad de controlarlo todo el tiempo para ver si hay alguna novedad en el Face o en Twiter. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu celular con los demás celulares. No te regalan un celular, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del Blackberry.
Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj - Julio Cortázar
Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.
Cómo se llama la obra.
A Jorgito no lo veía hace años. Nos encontramos por pura casualidad en Facebook. Por suerte no me dio tiempo a hacerme ningún tipo de ilusiones, ya que no tardó más de quince minutos en confirmarme que era gay, pero seguía tan divino como siempre lo fue. En la secundaria siempre había sido el mejor amigo de todas las chicas, imagino que esto simplemente se veía venir. Pero bueno, estamos en el siglo XXI y toda mujer de mundo debe tener su amigo gay. Sea bienvenida entonces la aparición de Jorgito. Pero de ahí a ir a su cumpleaños, que se yo… No conozco a nadie. Esta bien que desde que corté con Sebas tengo menos vida social que una ostra, mal no me vendría salir un poco, cambiar de ambiente, a ver si conozco a alguien. No me vendría mal hacerme un nuevo grupo de amigos. Jorgito me dijo que no me va a dejar sola, que me va a acompañar en su cumple para que no me sienta aislada, pero no sé… no dudo de sus intenciones, pero cuando uno es el anfitrión tiene que andar de acá para allá, no puede estar toda la noche pendiente de una sola persona. Má sí, yo me tiro a la pileta, qué puede ser lo peor que me pase.
Que me quede sola en un rincón sin que nadie

Segundo Acto:
El morocho se me acerca con dos tragos. Lo ví prepararlos. Algo liviano, Gancia con soda, limón y jugo de naranja. Bastante ubicado el tipo. Llega y me ofrece uno.
-¿Te dejaron sola? ¿Te puedo acompañar?
El gesto me encanta. Nos ponemos a hablar. Correcto, respetuoso, hablamos de todo tipo de temas de manera suelta y alegre. No me hace ninguna de las preguntas de cuestionario, recién a mitad de la charla me pregunta mi nombre y me dice que se llama Carlos. Conozco pocos Carlos, parecería un nombre súper común pero para mi generación ya estaba pasado de moda, así que son muy pocos los tipos de mas o menos mi edad que haya tratado que se llamaran Carlos. Hola, Carlos. Carlos es un poco más grande que yo, pero no demasiado. Se mantiene muy bien. Es morocho, ojos verdes, barbita de dos días, lindo y simpático, no vino a encararme para el levante sino que simplemente nos pusimos a charlar, empezamos hablando del tema de Soda que sonaba y de algu

-Soy actor –me dice-. En este momento represento una obra en el San Martín.
-¿Ah si? ¡Qué bueno! –le digo- ¿Y cómo es tu personaje?
-Represento a un mendigo ciego. Tuve que estudiar movimientos y comportamiento, era muy importante para mí que mi personaje fuera verdaderamente creíble. Y creo que lo logré.
-¡Wow, genial! ¿Y podés vivir de eso? ¿Te deja más o menos plata?
-Te aseguro que te deja mejor plata de lo que te podés imaginar.
En ese momento sonó un mensaje en su celular.
-Estaría bárbaro ir a verte actuar –propuse.
-Me encantaría, verdaderamente. Ahora me avisaron de algo medianamente urgente y me tengo que ir. Pero te dejo mi celu y si querés arreglamos, dale?
-Dale. Te llamo, eh.
Se fue. Una lástima.
No le pregunté cómo se llama la obra.
Tercer Acto:
El resto de la fiesta no tuvo ningún episodio más digno de mencionar. Me despedí de Jorgito, nos seguiremos hablando, me alegré mucho de verlo, pero la verdad que si no era por Carlos la fiesta hubiera sido un verdadero embole.
Llegué a casa a las cuatro y pico de la mañana. Sacarme los tacos resultó de un placer casi orgásmico. Me cepillé los dientes, hice pis, me cambié y me fui a acostar. Dormí hasta el mediodía y entonces me llamó Melina. Estuvimos hablando un buen rato, le conté de la fiesta, de Jorgito, del embole y por supuesto de Carlos. Me escuchó atentamente y me invitó a tomar mates a la casa. Quedé en que a las tres de la tarde andaba por allá.
No iba a tardar mucho en salir. Solamente tenía que bañarme, secarme el pelo, vestirme, peinarme, pintarme, hacer la cama, darle de comer al gato y asegurarme de tener todo encima. El problema es que Melina vive en San Miguel y yo en Villa del Parque. Y es un buen rato de viaje a bordo del Bendito Ferrocarril General San Martín. Qué lindo es aplastar el culo contra sus asientos de chapa. Qué feliz que te hace ver los carteles que dicen “No se suicide, provocará demoras en el servicio”. Realmente a veces pienso que soy muy amiga de Melina.
Pasa junto a mí la enorme locomotora diesel y me subo. No hay demasiados pasajeros a bordo, no es mucha gente la que viaja un domingo a la siesta. Enseguida empiezo a ver el desfile de vendedores ambulantes. El primero trae alfajores, bastante berretas, tres por dos pesos. La verdad una vergüenza lo que cuestan ahora, no hace tanto te vendían tres por un peso. El segundo trae cd’s. Dios mío, que cantidad de cosas que tiene ese hombre. Mp3 de lo que se te ocurra. ¿Lady Gaga dijo? ¿Britney? Dan ganas de chusmearlo. Pero no hoy. Ya me lo volveré a cruzar. El tercero es de los que más odio. Un ciego que viene a pedir guita por el solo hecho de ser ciego. Ok, es una cagada lo que te pasó, pero tratá de hacer al

Además…
Yo a este lo vi antes.
El ciego llega hasta donde estoy yo, se me pone al lado y en un veloz pero sutil movimiento se levanta los lentes y me deja ver los verdes ojos de Carlos que me hacen un guiño.
Ahora entiendo la verdadera naturaleza de su personaje.
Ahora sé como se llama la obra.
(Dedicado a mi amigo Martín, en cuya casa fue desarrollado este cuento)