
domingo, 18 de septiembre de 2011
Cabo IV

jueves, 15 de septiembre de 2011
Hora Oficial
Me caga. Yo sé que me caga. Lo veo en sus
ojos. La muy hija de puta me besa, me sonríe, me dice que me ama. Pero
por detrás veo esa sombra que se burla de mí. Que siente que no sirvo
para nada, que busca con quién reemplazarme. Y yo no se lo voy a
permitir. Ella es mía.
Atiendo la puerta. Ella se me tira al
cuello, me besa y se ríe. Sé que se burla de mí. Se pone a hablarme de
cosas de la escuela, sus compañeras, sus profesores… boludeces. Vamos a
la cocina, voy a preparar unos mates. Mentira. No soporto más su
hipocresía.
Ella se sorprende, se asusta. Ríe
nerviosa y me pregunta que qué hago con la cuchilla en la mano, que no
es gracioso. No, no es gracioso hija de puta. Como no es gracioso la
manera en que me estás corneando. No es graciosa la forma en que me
miran tus amigos cuando me ven con vos. No es gracioso que me mientas
todo el tiempo. No es gracioso, no. Y esto tampoco te va a parecer
gracioso.
Ella se cubre con las manos a la primera
cuchillada y le abro un tajo en el brazo. Mierda, ¿no podía simplemente
dejarse matar? Tiro otra puñalada y otra más. Le abro heridas en la
cara, la nariz, la cabeza, pero ella mete las manos y no me deja darle
una que la lastime en serio. ¿Por qué no me la hacés fácil, Caro? Si de
todos modos te vas a morir.
Ella me hace tirar la cuchilla. Se quiere
escapar. ¡La muy conchuda se quiere escapar! Le tiro una trompada y se
va contra la mesada. Alcanzo a agarrar el palo de amasar. Le quiero dar
en la cabeza pero otra vez pone la mano. Le tengo que pegar de vuelta en
los brazos, en la cintura, ella se sigue atajando. ¿Piensa resistirse
mucho tiempo más?
La persigo. No me cuesta alcanzarla.
¿Cómo hace para resistirse tanto? Está chorreando sangre. Mucha. Pero
todavia se ataja con las manos. Puedo clavarle otra puñalada más arriba.
Esta vez no se la meto tan adentro. Ella sigue huyendo. No sé como hace
pero se va para el garaje. Ahora sí. El garage no tiene salida.
¡La hija de puta me ataca! ¡Después de
todo lo que me hizo encima me ataca! Me revolea un martillo y de pedo lo
esquivo. Podría haberme lastimado. Esta vez se fue al carajo. La
alcanzo y le pego otro cuchillazo. Esta vez más fuerte y con más ganas.
En el cuello. Empieza a salir sangre para todos lados. Ella se pone
blanca. Los ojos se le van para atrás. Cae al piso.
Miro su cuerpo en el piso. Me parece que
ya no respira. Por las dudas, me aseguro. Le clavo la cuchilla en la
panza. Siento la hoja que se mete en la carne. Me encanta. La hundo una
vez más, otra, otra y otra vez. Miro al costado y veo la caja de
herramientas de mi viejo. Agarro su viejo formón de carpintero. Está
bien afilado. ¿Servirá? Se lo clavo. Se lo vuelvo a clavar. Sirve, mirá
vos. Busco algo más pero no encuentro qué. Me doy cuenta de que me
duelen las muñecas. Ya fue. Agarro de vuelta la cuchilla y se la hundo
más o menos por donde está el corazón. Ahora sí. Ya está.
Mirá el quilombo que me hizo hacer esta
hija de puta. La idea era pegarle un par de cuchilladas en la cocina, no
este desastre. ¿Y ahora cómo limpio antes de que lleguen mis viejos?
Esta conchuda me quiere cagar la vida. No sé que voy a hacer ahora.
La puta que la parió. Voy a tener que
rajarme. Mejor me voy a la casa de Lucho. Él va a poder ayudarme. Sí,
Lucho es un amigo y me va a ayudar.
El el 27 de mayo de 1996 Fabián Tablado, de 21 años, asesinó a su novia Carolina Aló a cuchillazos en su casa. Los peritos contabilizaron un total de 113 puñaladas.
Aquí la Crónica del Caso Fabián Tablado-Carolina Aló
jueves, 1 de septiembre de 2011
Tatoo

Borrar un tatuaje no es nada fácil. Más aún si se encuentra en el omóplato. Entre una cruel cicatriz producto de una dolorosa intervención y andar por la vida con el nombre de su primera novia a sus espaldas, Martín eligió esto último. Pero como el tatuaje era imposible de ocultar, y a él no se le ocurría ninguna justificación más allá de la obvia, decidió que a partir de ese momento cada mujer de su vida debería llamarse Mariana.
Hay que reconocer que fue una suerte que la niña en cuestión se llamara Mariana, lo que permitió a Martín tener una vida sentimental medianamente activa. Otra hubiera sido la historia si la muchacha se hubiera llamado Ernestina, Juliana o Maricel. Pero lo cierto es que por un hecho de moda generacional en cada grupo que de una manera u otra pudiese contener a mujeres que potencialmente estuvieran dentro del target de Martín, casi en todas las ocasiones alguna de sus integrantes se llamaba Mariana.
Fue así que Martín salió con Mariana Carballo, compañera de tres materias de la facultad. Duró bastante, un año y medio, pero avanzada la carrera dejaron de compartir cátedras y ella empezó a verse atraída por un compañero de Semántica I. Luego de eso Martín estuvo sin pareja por dos años hasta que conoció a Mariana Hügh, compañera de trabajo en la casa de indumentaria deportiva donde Martín trabajaba para bancarse la carrera. Martín y Mariana llegaron a convivir y estuvieron juntos un total de tres años, hasta que el desgaste propio de estar con una persona veinticuatro horas por día hizo que la relación llegara a su fin.
Esto sucedió al mismo tiempo que terminaba por fin su carrera, y así Martín se convirtió en el Ingeniero Martín Lorenzo. Los primeros tiempos el flamante ingeniero se dedicó a estabilizar su vida en soledad, no tanto por una decisión personal como por falta de mujeres de nombre Mariana que reuniesen las condiciones mínimas aceptables. Fue así que conoció Rominas hermosas, Carlas dulces y cariñosas, Marcelas seductoras y fatales, Danielas románticas y enamoradizas, y a todas tuvo que negarse hasta que finalmente conoció a Mariana Fernández, encantadora criatura con quien compartió tres años de su vida hasta que al cabo de ellos se enteró que la había estado compartiendo durante los últimos doce meses.
Martín celebró sus 30 años deprimido y creyendo que jamás iba a encontrar una mujer que pudiese ser su compañera en la vida. Pasado de fernet subió a su auto y se largó a la ruta. No había hecho veinte kilómetros cuando su Corsa chocó contra una señal de velocidad máxima que lo dejó fuera de juego.
Martín la sacó barata. Lesiones importantes pero no críticas y unos cuantos días de internación le sirvieron para entender que alcohol y nafta no son buenos compañeros. En su cama de la clínica era asistido frecuentemente por Andrea, una de las enfermeras, quien entabló una cálida relación con él. Cuando finalmente Martín recibió el alta, antes de despedirse ella le dijo:
-No pude evitar ver tu tatuaje. Debe ser difícil que una chica acepte ver en la espalda de su hombre un nombre que no sea el de ella. Por suerte yo nunca me haría problema por algo así.
La puerta había quedado abierta, y Martín y Andrea se siguieron viendo luego de ese día. De a poco se hicieron amigos, y empezaron a coquetear y seducirse. Finalmente una noche de abril concretaron su amor en un hotel de San Cristóbal.
Fue entonces cuando Martín vio en el coxis de Andrea el tatuaje que decía Jorge.
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