jueves, 15 de abril de 2010

Sangre Nueva




La edad trae experiencia. Y a mí experiencia me sobra.
La invité a pasar a mi piso. En general trato de ir a un lugar neutro, pero cuando la persona me interesa la llevo a mi casa. Casi siempre son mujeres, pero cuando uno ha tenido tanto a veces se hastía y quiere probar otra sangre. Aunque no hay como el sabor de una tierna mujer en su plenitud. De manera que la hice pasar y la invité a ponerse cómoda. Luego le serví un trago y clavé en sus ojos esta mirada irresistible con la que he sido dotado. Nadie ha logrado mantener sus defensas ante mi mirada. Entonces, sólo fue cuestión de disfrutar lo que ya había obtenido. Ella, juguetona, se dejó quitar la ropa. Yo observé su piel de satén, sus piernas de atleta, su culo de gimnasta y su vientre de odalisca. Con ganas tomé entre mis manos sus pechos firmes y duros como dos manzanas deliciosas, e igualmente dulces. Ella se dejaba hacer hasta que en un momento tomó la iniciativa y comenzó a lamer mi pija con ternura primero, luego con deseo, hasta engullirla con pasión desenfrenada una y otra vez. Yo me dejaba placentero, conciente del postre que me esperaba al final. Seguíamos aún en el living, de manera que la llevé hasta el ventanal y allí, contra el vidrio frío que gobernaba desde el piso 21 a esa Buenos Aires invernal, y despojados ambos de la prisión de nuestras ropas, comencé a disfrutar sobre ella de mis sentidos. Primero el tacto. Recorrí con la yema de mis dedos su cuerpo de una perfección difícil de encontrar. Me dejé deslizar por su cuello como un presagio, por sus hombros, me tenté con las rojas frutillas de sus pezones rebosantes de vida, sentí el calor y el color que dormían en la cara interior de sus muslos. Luego era el turno del olfato. Gocé de su aroma a Channel, pero mucho más de ese otro a mujer joven y fresca que yacía por debajo en su boca, en su vientre, en su sexo. Y en ese sexo comencé a deleitarme con su sabor, con ese dejo salado que me abordaba desde su flujo, con esas gotas de éxtasis que penetraban por mi lengua mientras ella me daba la espalda apoyada contra el vidrio que aplastaba sus pechos y le daba a toda la ciudad el maravilloso espectáculo de su desnudez. Entonces, cuando el momento fue el indicado, me puse de pie y la tomé de las caderas. Con sus manos apoyadas en el blindex penetré con mi potencia en su carne tierna y generosa, rebosante en jugo de mujer que me esperaba. Y con un lento y prolongado vaivén la llevé hasta un exquisito orgasmo del que los dos disfrutamos al unísono.
Y aún tras ella, con los cuerpos recuperándose del placer, me acerqué hasta su cuello y hundí mis colmillos en su yugular. Su esencia comenzó a manar en finos chorros escarlata, y mi boca la bebió gota a gota. Los científicos jamás comprenderán cuanta diferencia hay en el sabor de la sangre antes y después de un orgasmo. Poco a poco esa vida que sentía hervir en su interior la fue abandonando, hasta que saciado mi apetito, y antes de que partiera hacia donde ya no la podría rescatar, abrí un tajo con mi uña en una de mis venas y la convidé a beber de ella. Entonces recuperó el color y la vitalidad. Acababa de morir, es cierto, pero también acababa de nacer a una nueva y larga vida junto a mí. Había sido elegida.
No es común que nos reproduzcamos. Si lo hiciéramos inundaríamos la tierra y pronto nos quedaríamos sin comida. Por eso cada tanto elegimos a una de nuestras víctimas entre todas para que nos acompañe. Hace dieciocho años elegí por última vez, y mi compañera resultó una de las mejores que he tenido en estos siete siglos de existencia. Pero ya es hora de que haga su propio nido, y lo sabe. Hace varios meses que estoy eligiendo una nueva hembra para que esté a mi lado, de entre muchas candidatas que fui encontrando en Internet. A veces la tecnología puede ser una ayuda inestimable.
Ella no está esta noche en casa. Nunca está cuando salgo de cacería. Cuando vuelva le presentaré a la nueva integrante de la familia. Ahora corro las cortinas, pronto llegará ese amanecer que nunca más volveremos a ver. Es hora de descansar.
Mañana la eternidad te espera.

miércoles, 7 de abril de 2010

Un día de laburo

Ella lo esperaba a mediodía en el bar de 9 y 59. Llevaba el cabello recogido con un pañuelo y anteojos oscuros, de los grandes. Él la pasó a buscar en su Mègane Black, completamente negro, vidrios polarizados, seis velocidades. Se saludaron casi tímidamente con un pico y luego tomaron 60 para salir por 13 con rumbo a Camino Centenario. Antes de llegar a City Bell entraron a un hotel. La discreción y el confort eran los denominadores del lugar. La ventanilla del cajero estaba polarizada también, todo el contacto era automatizado y se comunicaban a través de micrófono y parlantes. En ningún momento tomaron contacto con la persona dentro de la cabina. La cochera era individual y tenía un portón para ocultarlos de miradas indiscretas. El lugar entero estaba diseñado para la trampa.

La cochera tenía una escalera que daba a la habitación. Allí se encontraron directamente con la bañera para hidromasaje, redonda, imponente. Más al costado encontraron la gigantesca cama, el televisor de LCD, el frigobar. Ella se quitó el abrigo, los anteojos y se soltó el cabello. Ambos rieron y fueron desvistiéndose, mutuamente y sin prisas. Él se sentó en el borde de la cama y ella comenzó a practicarle sexo oral. A él lo volvía loco cómo lo hacía. Pero esta vez ella quiso intentar algo nuevo. Arrodillada en el suelo, colocó las piernas de él sobre sus hombros para levantar un poco las nalgas y comenzó a acariciarle el perineo. Él, con cierto recelo, se dejó hacer. Entonces, mientras con una mano seguía masturbándolo, su lengua decidió ir en busca de su ano. Él experimentaba una sensación nueva, suponía que le gustaba, pero aún no lo podía asegurar. Entonces ella, sin previo aviso y con algo de brusquedad, hundió su índice izquierdo en su recto.

Se escuchó un ruido seco. Él no esperaba esa intromisión en su cuerpo, y su reacción fue casi refleja. Apretó sus piernas y se echó hacia un costado con fuerza.

Entre sus piernas estaba la cabeza de ella.

Él tardó uno o dos segundos en comprender la situación. Con la mano se sacó el dedo que aún estaba en su culo y vio el cadáver tirado en el suelo.

Él comenzó a desesperarse. Estaba en un hotel con el cuerpo muerto de una mujer que no era su esposa y que había entrado junto a él con vida. Durante media hora estuvo dando vueltas, agarrándose la cabeza, tratando de pensar en qué hacer. Se le ocurrían varias formas de deshacerse del cuerpo que había visto en sendas películas, una más macabra que la otra. No se animaba a hacer eso. No se imaginaba tirándola al costado de una ruta ni diseccionándola con una cuchilla de carnicero. Por lo pronto debía hacer algo. Comenzó a vestirla. Si bien el cuerpo no tenía aún la rigidez de un muerto, ya estaba perdiendo calor y flexibilidad. Costó mucho ponerle la ropa, pero la puteada se le escapó mientras le trataba de poner el pañuelo en la cabeza.

Bajarla por la escalera resultó casi imposible. Pudo hacerlo finalmente, pero el esfuerzo lo dejó agotado. Tuvo que decidir si meterla en el baúl o en el asiento delantero. Al final se decidió por el asiento. No quería levantar sospechas al entrar en pareja y salir solo. De manera que tan discretamente como entró se fue del hotel con el cuerpo de su amante como copiloto.

El Mègane se dirigió por Camino Centenario al Norte. Al llegar a Parque Pereyra él sin bajarse del auto reclinó el asiento del acompañante para acomodar el cadáver en el piso entre las dos filas de asientos. No se sentía seguro para nada, pero tenía que actuar lo más fríamente posible. Luego sacó el celular e hizo una llamada.

-¿Julio?

-¿Qué pasa Negrito?

-Necesito que me ayudes viejo. Me mandé una cagada importante.

-¿Qué carajo hiciste esta vez?

-No te puedo contar por celu. Estoy yendo para allá.

-Bueno, te espero. Y guarda con donde te metés.

El Mègane retomó la marcha. La adrenalina lo recorría de punta a punta cada vez que pasaba cerca de una patrulla o de un puesto de control policial.

Cuando estaba llegando al Cruce de Varela dos policías lo detuvieron al costado del camino.

-Buenas tardes.

-Buenas tardes Oficial.

-Permítame Cédula Verde, Registro y Seguro.

-Aquí tiene, cómo no.

Parado junto a la ventanilla el policía examinó con cuidado los documentos durante un interminable minuto. Él rogaba que no quisiese asomarse al interior del auto.

-Muy bien. VTV no corresponde porque es 0 km.

-Claro, lo compre hace un mes el coche.

-Linda máquina, lo felicito. Aquí tiene. Que siga bien.

-Muchas gracias Oficial, hasta luego.

Mientras arrancaba el auto sintió una leve lipotimia. ¡Dios, qué manera de liberar tensiones! Se recupero enseguida y continuó con su ruta. Siguió por Camino General Belgrano y al llegar a la rotonda encaró por Monteverde. Luego de unos kilómetros de andar se metió por unas calles interiores hasta que encontró una delegación policial.

Se detuvo en la puerta y se asomó para saludar al Suboficial de Guardia.

-¿Qué hacés Cachito? ¿Me lo llamás a Julio?

El suboficial entró a la Comisaría y pronto salió seguido de un policía curtido y corpulento que llevaba en sus hombros insignias de Subcomisario.

-¿Cómo andás Negro? Contame qué te pasó.

-Vení, subite al auto Julito.

El policía obedeció.

-Mirá atrás, en el suelo.

Julio abrió los ojos con estupor.

-¿Qué cagada te mandaste macho?

-Qué se yo, fue sin querer… me estaba chupando la pija y le quebré el cuello…

-Mierda, no sé cómo hizo Verónica para sobrevivir tantos años… Mirá, yo de esta te hago zafar, pero te aviso que te va a salir caro eh…

-Sí, me imagino. Arreglámelo y después me pasás la cuenta.

-Si no fueses mi hermano menor te juro que te recagaba a patadas en el orto. Puta que te parió Negro… Llevá el auto atrás de la seccional así bajamos el cuerpo…

Él llegó a su casa a la hora de siempre. Impecable, como de costumbre.

-¡Buenas tardes mi amor! –le dijo Verónica- ¿Qué tal tu día de trabajo?

-Uno más, como todos –contestó él.

-¡Hola Papi! –lo saludó Emmanuel- ¿Me ayudás con la tarea de inglés?

-Dale –dijo Vero-, ayudalo que yo mientras preparo la cena.

Él se sentó junto a su hijo en la mesa del living y se pusieron a revisar verbos irregulares.

Tenía claro que la imagen de su rostro pálido y frío ya no lo abandonaría por el resto de su vida.

lunes, 5 de abril de 2010

Oldies

Subí al bondi y pedí boleto de doscientos. El chofer cortó uno amarillo y naranja y me lo dio. Carajo, nunca un capicúa. Después me agarró el billete de quinientos y de vuelto me dio tres marrones. Veinticinco cuadras más adelante me bajo del 6 y voy a un kiosco a comprar fichas de EnTel. Me acerco hasta el honguito azul que hay en la vereda, pongo dos fichas en el aparato naranja y empiezo a discar, 91-5764. Suena cuatro veces y atiende Daniel. Le pregunto si se va a quedar en casa, me dice que sí. Otra voz me pregunta que quién es Daniel. Disculpe señora, me parece que se ligó. Busco un almacén y compro una Mountain Dew para tomar mientras charlamos. Paso por la puerta de una disquería y suena The Clash. Entonces veo que de ahí sale Emilio. Me cuenta que fue a comprar púas para el tocadiscos porque ya no le queda ninguna como la gente. Y orgulloso muestra que se compró el compilado que traía “Vamos a la Playa”. Yo no entiendo cómo a alguien le puede gustar ese engendro que dice como estribillo: “Vamos a la playa, Oh, Ohohohohó”. Llego a la casa del Dani y lo hallo enfrascado en la compleja labor de intentar darle coherencia a los colores de un Cubo Mágico. Lo saludo con un apretón de manos como si fuésemos a jugar una pulseada y nos sentamos en su cama. Entonces el flaco dejó el cubo y se puso a arreglar un cassette. Primero lo rebobinó con una Bic (con mucho cuidado de mantener el mismo ritmo para que no se enredara la cinta) y después con un destornillador de relojero le sacó los tornillos al TDK de 60’. Lo abrió y debajo de la película de celofán estaba la cinta. Daniel la acomodó como debía ir y luego volvió a cerrar el cassette. Yo le convidé la mitad del chicle globo Jirafa que tenía en el bolsillo. De pasó le conté que había estado viendo a Susana Giménez por la tele. Qué buena que está Susana. Él me dice que prefiere a Moria. Yo le digo que por algo Moria se queda siempre con Porcel y Susana con Olmedo. Me dice una puteada bajito. De repente en la radio suena un tango. Yo le digo que cambie esa porquería, música de viejos. Al final parece que a los milicos le salió mal lo de Malvinas, me dice. Anunciaron que van a llamar a elecciones. Yo me quedé con la boca abierta. Y bueno, será una vez más como siempre. El que gane va a gobernar vigilado, como Illia, como Frondizi, y a la primera que no le guste a los milicos lo bajan de vuelta. Como fue siempre. Espero que esta vez por lo menos dure un par de años. En fin, cambiemos de tema.

¿Te parece si vamos a almorzar al Pumper? Con Frenys.

domingo, 28 de marzo de 2010

Beatrice

Soy un convencido de que las fechas son lo de menos, que festejar los aniversarios, cumpleaños y demás es sólo una forma hipócrita de purgar la culpa de ignorar el resto del año eso mismo que hoy recordamos. Sin embargo esa noche salí a la calle a recorrer los mismos lugares por los que andábamos juntos, seguir los mismos pasos de aquellas caminatas que emprendíamos en otras épocas, quizás más jodidas que éstas, pero definitivamente más felices.
Mis pasos me llevaron hacia La Paz. El viejo bar de Corrientes y Montevideo ya no es lo que era, ahora está muy arreglado y modernito, si hasta parece del Primer Mundo. Entré y pedí un capuchino y un tostado de miga, lo de siempre. Tomé el primer sorbo, cerré los ojos saboreando la espuma que lentamente se deshacía dentro de mi boca, y entonces sentí su mano sobre mi hombro. No quería abrir los ojos. Sentía su perfume inconfundible, su suave tacto acariciando mi viejo y gastado piloto, su mirada que ya buscaba la mía, sentía todo, pero me negaba a descubrir mi error. Cuando al final me decidí a verla, ella había tomado su lugar frente a mí en la mesa.
-Cómo te pegó el tiempo, querido. Me acuerdo de ese joven y aguerrido militante de izquierda de los setenta y no puedo creer que sea el mismo que estoy viendo... Esa melena negra y tupida que era la envidia de más de uno...
-Hoy son dos pelos locos y encima con canas. La verdad es que probé un par de cosas para tratar de conservar ese símbolo de virilidad que era mi pelo, pero al final terminé aceptando que una pelada con dignidad puede causar el mismo efecto en las mujeres. Claro, cambiando el target. Vos en cambio estás igual, tan linda como la última vez que nos vimos.
-Obvio, nene, ¿qué esperabas? ¿Qué envejeciera y me convirtiera en una vieja decrépita? No, gracias. Por suerte estoy más allá de eso.
-¿Eso quiere decir que yo sí soy un viejo decrépito?
-Pero lo dijiste vos, eh.
Estar de nuevo con Beatriz después de veinticinco años era mágico. Ella pidió otro capuchino, pero esta noche era especial y no tardamos en encargarle al mozo una botella de Legui entera para nosotros, que nos reencontramos a través de un cuarto de siglo, olvidando lo que pasó en el medio, saltando un bache de milenio a milenio lleno de tantas cosas vividas y no.
-¿Y, me vas a contar algo?- le pregunté.- ¿Cómo es allá? ¿Saben algo de todo lo que pasa por acá o sencillamente no les importa?
-Todo se sabe, y cómo duele. A veces pienso en aquellas épocas, nuestra lucha, nuestros ideales, y veo en lo que vino a parar, y siento que algo se me raja adentro. Tanto pelear, tantos muertos, y la Argentina se convirtió en ésto. Pero no quiero hablar más de eso. Irse es tan difícil. Acá dejás todo, los afectos, las costumbres, el mate. Allá es mejor, no hay dudas, pero nunca te olvidás de lo que quedó acá. Armando, esta noche es para vos. Sabés a donde quiero ir.
Llovía en Buenos Aires. Una fina y delicada llovizna que resaltaba las luces de los faroles y los teatros contra el asfalto mojado. Siempre habíamos dicho que cuando llueve la ciudad potencia su belleza. No llevábamos paraguas, ni lo necesitábamos. Apenas enfundados en nuestros pilotos demodée rumbeamos Corrientes abajo, para el lado del Obelisco. No dijimos una palabra durante todo el camino, sabíamos bien a dónde íbamos y cómo llegar. Después de cruzar la 9 de Julio seguimos por Diagonal hasta Maipú, y después Chacabuco. El hotel seguía donde siempre, Chacabuco entre Estados Unidos y Carlos Calvo. Había cambiado, como La Paz, pero seguía siendo el mismo hotel. Antes de entrar nos besamos largo rato bajo la lluvia.
Hicimos el amor tres veces, toda una hazaña después de los cincuenta. Casi no hablamos. Era, sencillamente, algo que nos debíamos y nos estábamos cobrando. Cuando la lujuria se apagaba, por fin abrí la boca.
-Te fuiste muy de golpe. Un día estabas, y al otro nadie sabía nada de vos. Para cuando llegaron las noticias ya estaba desesperado, y cuando me enteré fue peor. Ni siquiera pudimos despedirnos.
-Sabíamos en lo que nos metíamos, Armando. Conocíamos los riesgos, y los aceptamos. Lo mío fue una cagada, pero sabés que no fui la única. Miles se fueron conmigo. Y la mayoría no volvió más.
-Pero ahora estás acá, y quisiera que esta noche dure para siempre.
-Pero no va a ser así. No nos queda mucho de esta noche para disfrutar, así que mejor la aprovechamos al máximo. Abrazame, Armando. Te amo.
-Te amo. Nunca dejé de amarte, Bea.

Esa noche no dormimos. Era tan fuerte la sensación de volver a sentir su piel, su pelo, su voz, su aliento, que no quise que el sueño me la arrebatara. Recién al mediodía aceptamos que nuestra noche había acabado, y salimos del hotel. Sin soltarnos, nos preparamos para la despedida.
-Es duro dejarte ir otra vez. Fue mucho tiempo sin vos.
-También es duro para mí, pero así debe ser. No escribo las reglas. De todos modos, supongo que puedo esperar una visita tuya en estos días.
-¿Estás en el lugar de siempre?
-En el lugar de siempre.
-Contá con eso, entonces. ¿Querés que te acerque en un taxi?
-No, es mejor que vuelva sola. No es por vos, volví sólo para verte. Pero creo que para los dos es mejor que me vuelva sola.
-Nunca te olvidé –dije, y le paré un taxi.
-Ni yo.
Se fue.

Al día siguiente era domingo. Me levanté temprano, sabía que tenía que visitarla. Me vestí lo mejor que pude y caminé hasta Combate de los Pozos para tomar el 50. Me bajé en Avenida del Trabajo y Varela y empecé a desandar las cuadras que me llevaban hacia ella. Paré en una florería, compré flores, siempre le gustaron los jazmines. Entré y me pregunté si iba a recordar cómo se llegaba hasta ella. Entonces vi el panteón de la Marina Mercante y lo supe. Conté cinco filas y cuatro hileras y llegué a su tumba. Dejé los jazmines y me puse a llorar.

Elena Beatriz Damiani fue secuestrada en su casa por un grupo parapolicial el 23 de julio de 1977. Su cadáver fue encontrado tres semanas después en un descampado en Ingeniero Budge. Su pareja, Armando Forcino, fue el encargado de reconocer el cuerpo en la Morgue Judicial de Lomas de Zamora.

viernes, 26 de marzo de 2010

Pentagrama

Mi


En La Trastienda tocaba Manu Chao. Mientras aquellos precavidos que habían comprado sus entradas con anticipación hacían la cola para ver el espectáculo, otros procuraban conseguir las últimas localidades disponibles, ya sea en la boletería o a través de los revendedores que nunca faltan para este tipo de ocasiones. El show estaba anunciado para la medianoche. Todavía faltaba más de una hora y la vereda de la calle Balcarce estaba colmada de gente. Durante un buen rato todo estuvo en calma. Esta se quebró cuando uno de los que buscaba conseguir sus entradas golpeó hombro contra hombro al pasar a uno de los que hacía la cola para entrar. Lo golpeó con suficiente fuerza como para que el otro dudara de que fuera un accidente, y al pasar dijo por lo bajo:
-Parásito hijo de puta…
La reacción del atacado no se hizo esperar.
-¿Qué te pasa, la concha de tu madre?
-Gordi, no le sigas el juego por favor… -dijo la mujer que lo acompañaba.
-Que sos un parásito hijo de puta –repitió el agresor ahora en voz bien alta-, y que tenés bien merecido lo que te pasa.
-¡Vení y decímelo en la jeta, la reputísima madre que te reparió!
-Gordi, por favor…
-¿Qué te pensás, que te tengo miedo, la concha de tu hermana?
-¡Vení y decímelo en la jeta, entonces, cagón!
El otro se acercó y apenas estuvo a su alcance recibió un derechazo que le hizo sangrar la nariz. Enseguida se recompuso y se le tiró encima al otro, de manera que en segundos ambos estuvieron en el suelo peleando a mano limpia. El resto de los presentes trató de interceder para separarlos, y hubo más de uno que recibió un buen golpe en el intento.
En ese momento pasó un autobomba por Belgrano rumbo al Bajo con la sirena a toda máquina.

Sol

-¿Te parece? –preguntó Francisco.
-Ponga. Esta mano y ganamos, asegurá la primera –contestó Rodolfo.
Francisco apoyó el ancho bueno sobre la mesa. Juan miró a Tulio.
-¿Tanto?
Por toda respuesta Tulio dejó caer los párpados al tiempo que negaba con la cabeza.
-Vamo con cuidado. Estos dos están cargados.
Juan apoyó el cuatro de copas y se quedó callado. Rodolfo preguntó:
-¿Para el tanto cómo andamos?
-Maso pero no perdemos nada.
-Envido, entonces.
-No se quiere –contestó Juan.
Rodolfo soltó un rey y Francisco gritó.
-Bueno, truco, entonces.
-Y, ya no queda otra. Queremos.
-Quiero retruco –subió la apuesta Tulio-. Y si ganamos, ganamos.
-Quiero –contestó Francisco antes de dejar en la mesa un tres.
Juan puso una sota y dijo:
-Voy a esa.
Rodolfo miró fijo a Francisco y dejó en la mesa el siete de copas. Tulio tiró el siete de oros.
-Saltó –dijo Francisco.
Acto seguido Tulio puso un triste cuatro de espadas.
-Estamos en tus manos, Juan.
-Quiero vale cuatro –gritó Francisco.
-¿Y qué querés –preguntó Juan-, que te diga que no? Quiero.
Francisco tiró un tres. Triunfal, Juan puso el siete de espadas que atesoraba entre sus manos.
-¡Bueno, se acabó la joda, incendio en Paseo Colón y Carlos Calvo!
De inmediato todos se levantaron y corrieron a ponerse los uniformes. En segundos alistaron el autobomba y salieron rumbo al siniestro a toda velocidad con Tulio al volante.
En la mesa quedó el ancho de bastos que marcaba el triunfo de Rodolfo y Francisco.

Si


Verónica se levantó como cualquier día. Siete de la mañana arriba y a desayunar con Augusto. Por suerte no era un día más, era viernes y apenas doce horas la separaban del ansiado fin de semana. Como de costumbre, bajaron juntos en el ascensor rumbo al estacionamiento.
-Hoy lo voy a rajar a Bordenave.
-¿Y eso por qué?
-Parece que está metiendo la mano en la lata.
-¿Y hay pruebas?
-Todavía no, pero el directorio ya acordó desvincularlo de la empresa. Las pruebas van a estar en los estados de cuenta que me pienso traer hoy en la laptop.
-¿Y se afanó mucha guita?
-Aparentemente cerca de doscientos mil pesos. Mucha guita.
-Tené cuidado, por favor, querida.
-No te preocupes Agu, yo lo puedo manejar y además en el edificio hay seguridad. No me va a hacer nada.
-Vos cuidate, nomás.
-Quedate tranquilo, corazón. Ser gerenta de RRHH tiene sus implicaciones desagradables, pero va a estar todo bien.
La 4x4 fue por Paseo Colón, Alem, Figueroa Alcorta, Lugones, General Paz y Panamericana hasta Olivos. Entraron al estacionamiento de la empresa y luego a sus respectivas oficinas.
-Augusto, más o menos a las once mandame a Bordenave a mi despacho.
-OK.

A las once y diez Bordenave entró en el despacho de Verónica. A las once y veinticinco salió del despacho para vaciar su escritorio y volver a su casa.

Para las cinco de la tarde Verónica tenía un nivel de agotamiento importante. Cuando se encontró con Augusto en el estacionamiento no pudo evitar un suspiro de cansancio.
-Llegamos a casa y pedimos unas empanadas. Hoy me quiero acostar temprano. No doy más.
-¿Cómo te fue con Bordenave?
-Pegó un par de gritos, pero nada grave. Para mí que se dio cuenta.
-¿Te acordaste de las cosas que tenés que revisar?
-Sí, las llevo en la notebook.
-¿Y es realmente necesario que mires eso en tu fin de semana?
-Mi amor, sabés que a veces mi laburo no tiene horario…
-Sí, pero también tenés que descansar, cielo. Mirá el stress que tenés.
-Amor, voy a estar bien, quedate tranquilo.

Llegaron a casa y subieron por el ascensor. Verónica se pegó una ducha y después de ella Augusto. Ella se quedó después mirando Los Simpsons mientras esperaban las empanadas. Augusto bajó a buscarlas, cenaron y después Verónica tomó un tilo.
-Amor, yo me voy a acostar –le dijo luego a Augusto.
-Que descanses, cielo. Yo me voy a quedar un rato más mirando la tele.

Todavía no eran las ocho y media de la noche cuando Verónica se tomó un Valium y se metió en su cama. Cinco minutos después estaba durmiendo.

Re

-Gordi, ¿A qué hora es el concierto?
-Está anunciado para medianoche. Con que estemos allá diez y media tiene que estar bien.
-¡Buenísimo! ¡Me muero de ganas por estar allá!
-¿Nunca viste tocar a Manu?
-No, hasta ahora nunca.
-Vas a ver que te gusta. Yo voy a llegar a casa más o menos a las seis y media. Tenemos tiempo de tomarnos unos mates y prepararnos bien. Después si querés cenamos algo livianito en Puerto Madero y nos vamos al recital.
-Dale. Yo en el almuerzo veo si me compro algo para estrenar esta noche.
-Ah, ¿para el gallego ese estrenás ropa y para mí no? Qué bonito, eh.
-Mmm lo que voy a estrenar para vos no lo va a ver nadie más que vos…
-Suena lindo…
-¿Púrpura con encaje te suena mejor?
-Bueno, mejor dejalo ahí porque estoy en el laburo.
-Jajaja, está bien. Nos vemos a la tarde en casa entonces.
-¡Bordenave!
-Me llaman, te tengo que dejar. Esta noche Manu Chao en la Trastienda. Te quiero, dulce.
-Nos vemos después, Gordi.
-¿Qué pasa, Augusto?
-Mi mujer te quiere ver en su despacho. Es importante.
-¿Sabés de qué quiere hablar?
-No me corresponde. Que te lo diga ella.
-Ok. Voy a verla entonces.
“Lameculos de mierda” pensó Bordenave mientras iba al despacho de Verónica.

Fa



La conversación de Augusto con su esposa lo dejó intranquilo. Bordenave era un buen chivo expiatorio, pero si Verónica revisaba esos estados de cuenta él estaba jodido. Ya hacía tres años que estaba jugando al marido amoroso con ella y tenía las pelotas un poco llenas.
La idea surgió cuando fue a buscar a Bordenave. Manu Chao toca en La Trastienda, son menos de diez cuadras de su casa. Por Internet averiguó que el show se anunciaba para medianoche. A lo mejor podía armar algo. Durante el almuerzo se acercó hasta la estación de San Martín y compró un chip de Movistar.
Como de costumbre, especialmente los viernes, Verónica se empastilló para dormirse. Podía estar la filarmónica de Buenos Aires tocando la Cabalgata de las Walkyrias al lado de ella y no se iba a despertar. Su notebook estaba sobre la cómoda, junto a la ventana. Al lado estaba el iPhone. Augusto apoyó el hornito aromático sobre el iPhone, de manera un tanto precaria. Luego salió del departamento y caminó por Paseo Colón en dirección a Belgrano. Cuando llegó trató de conseguir entradas, pero era esperable que estuviesen agotadas. Preguntando localizó a un revendedor y así obtuvo su localidad. Para entonces ya eran casi las once de la noche. Se fue aparte y sacó su celular. Cambió el chip por el que había comprado a la tarde y llamó a su esposa. El celular sonó seis veces antes de que saltara el contestador. Con eso debía ser suficiente. Volvió a cambiar el chip y borró el registro de la llamada. Luego calculó.
El hornito estaba sobre el borde del iPhone. Verónica siempre dejaba su teléfono en vibrador. El hornito, que ya debía estar seco, caería sobre la notebook. Ésta aún tenía el plástico protector sobre la tapa, así que no tardaría mucho en empezar a quemarse. Apenas lo hiciera, el fuego alcanzaría las cortinas. Al ser sintéticas, las cortinas quemadas caerían sobre la alfombra como fuego líquido. En menos de cinco minutos la habitación donde dormía Verónica estaría en llamas.
En ese momento vio a Bordenave. Iba con una mujer, posiblemente su esposa. Pasó a su lado y sin disimular golpeó su hombro con fuerza mientras por lo bajo decía:
-Parásito hijo de puta…
Mientras la gente de la entrada trataba de separarlos escuchó el autobomba que pasaba a toda velocidad por la esquina y supo que su plan marchaba bien. El departamento se incendiaba y él tenía una coartada perfecta.

domingo, 21 de marzo de 2010

Preámbulo a las instrucciones para configurar un celular

Lo que van a leer a continuación es puro y liso sacrilegio. Hace rato que tenía ganas de hacerlo, pero mi moral no me lo permitía. Dado que finalmente acepté que no tengo moral, decidí realizar esta pequeña herejía. El texto que sigue es una adaptación 2010 del cuento de Julio Cortázar "Preámbulo a las Instrucciones para dar cuerda al Reloj". Mi intención, simplemente, es demostrar cómo aquello que Don Julio escribió hace casi 50 años hoy sigue siendo perfectamente válido, con apenas un cambio de figuritas. Luego de mi sacrilegio, el original.



Pensalo: cuando te regalan un celular te regalan una pequeña cárcel tecnológica, un GPS virtual, un rastreador inseparable. No te dan solamente el móvil, que los cumplas muy felices
y esperamos que te dure porque costó unos buenos pesos, un Blackberry 8520 con Wi-Fi y conexión a redes sociales; no te regalan solamente ese soporte multimedia que vas a llevar a todos lados. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que conectar a tu cuerpo con su headset como un apéndice desesperado que se desprende de tus orejas. Te regalan la necesidad de ponerlo a cargar cada noche, la obligación de recargar crédito para que siga siendo un celular; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en la tele, de escribir o contestar mensajes en cualquier momento, de saltar cuando escuchás “Two princes” de Spin Doctors aunque no sea realmente una llamada entrante. Te regalan la necesidad de controlarlo todo el tiempo para ver si hay alguna novedad en el Face o en Twiter. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu celular con los demás celulares. No te regalan un celular, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del Blackberry.


Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj - Julio Cortázar


Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

Cómo se llama la obra.

Primer Acto:

A Jorgito no lo veía hace años. Nos encontramos por pura casualidad en Facebook. Por suerte no me dio tiempo a hacerme ningún tipo de ilusiones, ya que no tardó más de quince minutos en confirmarme que era gay, pero seguía tan divino como siempre lo fue. En la secundaria siempre había sido el mejor amigo de todas las chicas, imagino que esto simplemente se veía venir. Pero bueno, estamos en el siglo XXI y toda mujer de mundo debe tener su amigo gay. Sea bienvenida entonces la aparición de Jorgito. Pero de ahí a ir a su cumpleaños, que se yo… No conozco a nadie. Esta bien que desde que corté con Sebas tengo menos vida social que una ostra, mal no me vendría salir un poco, cambiar de ambiente, a ver si conozco a alguien. No me vendría mal hacerme un nuevo grupo de amigos. Jorgito me dijo que no me va a dejar sola, que me va a acompañar en su cumple para que no me sienta aislada, pero no sé… no dudo de sus intenciones, pero cuando uno es el anfitrión tiene que andar de acá para allá, no puede estar toda la noche pendiente de una sola persona. Má sí, yo me tiro a la pileta, qué puede ser lo peor que me pase.
Que me quede sola en un rincón sin que nadie me de pelota, por supuesto. Jorgito cada tanto viene, me presenta gente, pero no hay caso, nadie me da bola más de dos minutos, este lugar está lleno de freaks. Yo soy el bicho raro acá. Mujer, argentina, 30 años, universitaria, empleada, soltera, vivo con mis padres. No, definitivamente esta gente no es capaz de comprenderme. Encima esta casa es tan grande… Dentro de todo le fue bien a Jorgito, parece. No tanto con el diseño de indumentaria sino con el chongo que se consiguió. Qué pedazo de casa, yo pensaba que de esto en Buenos Aires no había, solamente en Beverly Hills. En fin, ¿me parece a mí o el morocho que está al lado del bar me mira?

Segundo Acto:

El morocho se me acerca con dos tragos. Lo ví prepararlos. Algo liviano, Gancia con soda, limón y jugo de naranja. Bastante ubicado el tipo. Llega y me ofrece uno.
-¿Te dejaron sola? ¿Te puedo acompañar?
El gesto me encanta. Nos ponemos a hablar. Correcto, respetuoso, hablamos de todo tipo de temas de manera suelta y alegre. No me hace ninguna de las preguntas de cuestionario, recién a mitad de la charla me pregunta mi nombre y me dice que se llama Carlos. Conozco pocos Carlos, parecería un nombre súper común pero para mi generación ya estaba pasado de moda, así que son muy pocos los tipos de mas o menos mi edad que haya tratado que se llamaran Carlos. Hola, Carlos. Carlos es un poco más grande que yo, pero no demasiado. Se mantiene muy bien. Es morocho, ojos verdes, barbita de dos días, lindo y simpático, no vino a encararme para el levante sino que simplemente nos pusimos a charlar, empezamos hablando del tema de Soda que sonaba y de alguna manera ahora me cuenta que el Malbec y el Torrontés son los varietales emblemáticos de la vitivinicultura argentina, y con eso me mata. En algún momento surge la pregunta obvia. ¿A qué te dedicás?
-Soy actor –me dice-. En este momento represento una obra en el San Martín.
-¿Ah si? ¡Qué bueno! –le digo- ¿Y cómo es tu personaje?
-Represento a un mendigo ciego. Tuve que estudiar movimientos y comportamiento, era muy importante para mí que mi personaje fuera verdaderamente creíble. Y creo que lo logré.
-¡Wow, genial! ¿Y podés vivir de eso? ¿Te deja más o menos plata?
-Te aseguro que te deja mejor plata de lo que te podés imaginar.
En ese momento sonó un mensaje en su celular.
-Estaría bárbaro ir a verte actuar –propuse.
-Me encantaría, verdaderamente. Ahora me avisaron de algo medianamente urgente y me tengo que ir. Pero te dejo mi celu y si querés arreglamos, dale?
-Dale. Te llamo, eh.
Se fue. Una lástima.
No le pregunté cómo se llama la obra.

Tercer Acto:

El resto de la fiesta no tuvo ningún episodio más digno de mencionar. Me despedí de Jorgito, nos seguiremos hablando, me alegré mucho de verlo, pero la verdad que si no era por Carlos la fiesta hubiera sido un verdadero embole.
Llegué a casa a las cuatro y pico de la mañana. Sacarme los tacos resultó de un placer casi orgásmico. Me cepillé los dientes, hice pis, me cambié y me fui a acostar. Dormí hasta el mediodía y entonces me llamó Melina. Estuvimos hablando un buen rato, le conté de la fiesta, de Jorgito, del embole y por supuesto de Carlos. Me escuchó atentamente y me invitó a tomar mates a la casa. Quedé en que a las tres de la tarde andaba por allá.
No iba a tardar mucho en salir. Solamente tenía que bañarme, secarme el pelo, vestirme, peinarme, pintarme, hacer la cama, darle de comer al gato y asegurarme de tener todo encima. El problema es que Melina vive en San Miguel y yo en Villa del Parque. Y es un buen rato de viaje a bordo del Bendito Ferrocarril General San Martín. Qué lindo es aplastar el culo contra sus asientos de chapa. Qué feliz que te hace ver los carteles que dicen “No se suicide, provocará demoras en el servicio”. Realmente a veces pienso que soy muy amiga de Melina.
Pasa junto a mí la enorme locomotora diesel y me subo. No hay demasiados pasajeros a bordo, no es mucha gente la que viaja un domingo a la siesta. Enseguida empiezo a ver el desfile de vendedores ambulantes. El primero trae alfajores, bastante berretas, tres por dos pesos. La verdad una vergüenza lo que cuestan ahora, no hace tanto te vendían tres por un peso.  El segundo trae cd’s. Dios mío, que cantidad de cosas que tiene ese hombre. Mp3 de lo que se te ocurra. ¿Lady Gaga dijo? ¿Britney? Dan ganas de chusmearlo. Pero no hoy. Ya me lo volveré a cruzar. El tercero es de los que más odio. Un ciego que viene a pedir guita por el solo hecho de ser ciego. Ok, es una cagada lo que te pasó, pero tratá de hacer algo al menos. Los otros eran molestos, pero al menos te ofrecían algo a cambio. Éste viene a vender lástima. Encima de ciego dejado. Mirá el asco que es ese pelo. Debe estar lleno de piojos. Obviamente no se afeitó. La ropa no sé si estará sucia pero por lo menos está hecha mierda, yo ni en pedo saldría así a la calle. Encima esa pose, esa actitud lastimosa, ese ponerse en papel de víctima de la sociedad cuando él tampoco hace nada para ayudarse a sí mismo. Encima hay que ver si es ciego. Los ciegos de veras casi nunca usan lentes negros.
Además…
Yo a este lo vi antes.
El ciego llega hasta donde estoy yo, se me pone al lado y en un veloz pero sutil movimiento se levanta los lentes y me deja ver los verdes ojos de Carlos que me hacen un guiño.
Ahora entiendo la verdadera naturaleza de su personaje.
Ahora sé como se llama la obra.

(Dedicado a mi amigo Martín, en cuya casa fue desarrollado este cuento)

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Teoría Lost: De Dioses, Hombrecitos y Policías




Antes que nada, este artículo sólo será comprensible en caso de haber visto las cinco temporadas ya emitidas de Lost en su totalidad. Neófitos abstenerse.


Los humanos somos muy pequeños e insignificantes, pero ellos no. Ellos son dioses y en sus manos está el mismo Universo.
Hubo en un tiempo un dios cruel y poderoso. Era frío y manipulador y despreciaba a los hombres. También era capaz de controlar el tiempo y el magnetismo de la tierra. Pero en algún momento su poder se salió de cauce y los demás dioses del panteón decidieron aislarlo. Conocemos a ese dios, lo hemos visto ya alguna vez. Le dimos el nombre de AntiJacob, pero tal vez sea mejor referirnos a él como “La Isla”.
Para contenerlo se designó a un dios tutor y a un grupo de guardianes. “La Isla” quedó separada del resto del mundo, pero dentro de sus fronteras podía hacer y deshacer a gusto. Sin embargo, cada tanto encontraba el camino para extender su influencia al mundo exterior. Es por esto que si bien el tutor vivía con él, los guardianes observaban desde fuera, atentos a cualquier anomalía que hubiese que corregir. A comienzos del siglo XXI la capitana de los guardianes lleva el nombre de Ilana. Y al tutor lo llamaremos a partir de ahora con el nombre de “Jacob”.
La isla siempre detestó a su tutor. Sin embargo, tenía en claro que era su única compañía. Y así lo fue durante mucho tiempo. Jacob junto con unos pocos guardianes levantó el Templo y la Estatua, y entró y salió de la Isla las veces que fue necesario para contener sus esfuerzos por romper la barrera.
Sin embargo, en 1881 algo sucedió. Jacob se arregló para dejar entrar en la isla a un barco, el Black Rock. Seguramente su razonamiento fue que poner humanos en la isla aplacaría un poco su furia y resentimiento. En una demostración de poder e intolerancia la isla levantó al Black Rock por los aires e hizo que se estrellara en medio de la jungla. Los sobrevivientes del naufragio fundaron una colonia en la isla, y Magnus Hanso, su capitán, dejó registro de lo sucedido en su diario de a bordo. Luego de su muerte Jacob se presentó ante Richard Alpert, su primer oficial, y lo nombró Guardián de la Isla, otorgándole el don de la juventud eterna y la posibilidad de entrar y salir según sus necesidades. Richard entendió que como consejero tendría más posibilidades de mantener el control que como líder, y así fue ocupando ese puesto a medida que los jefes nominales se sucedían generación tras generación entre los descendientes de los moradores originales.
Todo estuvo relativamente bien hasta que durante los años ’50 un barco con soldados norteamericanos consigue entrar a la isla, llevando con ellos una bomba de hidrógeno apodada “Jughead”. Los lugareños reducen a los militares y se hacen con su equipamiento, pero la bomba estaba dañada y nadie sabía como tratarla. Entonces, de la nada, un grupo de desconocidos irrumpió (aparentemente desde el futuro) con conocimiento sobre física y sobre acontecimientos que aún no habían sucedido.
En realidad fue la isla, aprovechándose de su manejo sobre el tiempo, quien los había traído. Y es que en ellos había visto una posibilidad para matar a Jacob, y así liberarse de su milenario encierro. Para tal efecto eligió a John Locke, un hombre de fe. Jacob vio entonces la necesidad de encontrar a quienes pudieran evitarlo, y para eso visitó en distintos momentos de su vida a Jack Shepard, James Ford, Kate Austen, Sayid Jarrah y Hugo Reyes, además de al mismo Locke.
Sin embargo, un error de Richard Alpert modificaría por completo el mapa de las relaciones indianas. Durante una excursión al mundo exterior para presenciar el nacimiento de John Locke, Richard dio con Alvar Hanso, biznieto de Magnus, y consideró justo entregarle el diario de viaje de su antiguo capitán. Alvar se obsesionó con la existencia de la Isla, hasta que finalmente logró dar con ella, y fundó la Iniciativa Dharma con el propósito de investigarla y colonizarla. De inmediato los nuevos habitantes entraron en colisión con los viejos, descendientes de la tripulación del Black Rock, a quienes comenzaron a denominar como “hostiles”.
La Isla entró en un periodo lleno de recelo, y cada vez con más frecuencia tomó la forma de humo negro para averiguar las verdaderas intenciones de los humanos. Luego del incidente en el que el núcleo de Jughead fue detonado, la isla decidió que ningún ser humano sería concebido y nacería en su territorio. Alexandra Rousseau y Aaron Littleton serían los últimos seres humanos que nacerían allí. Finalmente, luego de muchos años Richard Alpert decidió que era hora de eliminar a la Iniciativa Dharma en territorio isleño. Fue el tiempo de la Purga y del definitivo ascenso de Benjamin Linus. Y si bien Alvar Hanso continuó enviando suministros, sólo El Cisne siguió funcionando. Lo cual nos lleva a Desmond Hume, el vuelo 815 de Oceanic y el comienzo de esta historia.
Lo que sigue, a partir del 2 de febrero.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Decálogo para un cuento de vampiros


Lo que sigue es una serie de convenciones medianamente aceptadas en tanto reglas para un cuento de vampiros. No son generales, y depende el autor algunas pueden ser distintas y hasta contradictorias. La elección es arbitraria, y como tal está sujeta a debate. Si me olvidé de algo, están invitados a recordármelo.
  1. Los vampiros no toleran la luz del sol. Esto no quiere decir que no les guste, sino que el sol los mata. Normalmente se queman y convierten en ceniza. Son criaturas nocturnas y el día para ellos es hostil. Y ciertamente no brillan.
  2. Los vampiros se alimentan de la sangre de sus víctimas. Sé que esto parece una obviedad, pero es precisamente eso lo que los hace vampiros. En principio, que necesitan sangre para alimentarse. En segundo lugar, son depredadores. Su alimento son sus víctimas.
  3. Es decir, no cualquiera que resulte atacado por un vampiro se va a convertir en vampiro a su vez. Si cada vez que un vampiro se alimenta engendrara a su vez un vampiro nuevo, pronto existirían más vampiros que humanos. Para reproducirse el vampiro debe dar de beber de su propia sangre al elegido, que usualmente es una de sus víctimas.
  4. Ahora bien, el vampiro es inmortal. Contrariamente a lo que parece esto no significa que no puede morir, sino que no envejece y su cuerpo no se corrompe. Es decir, que un vampiro puede ser asesinado, pero jamás morirá por causas naturales, y ni siquiera se contagiará un resfrío. Ahora bien, si el vampiro es inmortal, ¿para qué necesita alimentarse? ¿Y qué sucede si deja de hacerlo? El mejor ejemplo que me viene a la mente acerca de eso es el deterioro que sufre Lestat en Entrevista con el Vampiro de Anne Rice, el cual se revierte cuando vuelve a alimentarse. Lo tomaremos entonces como válido.
  5. Pero matar un vampiro no es cosa fácil. Suelen tener fuerza sobrehumana y habilidades hipnóticas. Algunos incluso llegan a leer pensamientos. Pero lo más importante es que son ampliamente resistentes a casi cualquier tipo de ataque. Sus heridas se regeneran y no sienten dolor. Las balas le causan risa.
  6. ¿Y cómo se mata a un vampiro entonces? Hay básicamente tres formas: La ya citada luz del sol, una estaca en el corazón y la decapitación. En el caso de la estaca, es excluyente que esta sea de madera. De hecho, en Buffy la Cazavampiros y su continuación, Angel, Josh Wheedon pone el hecho de que sea de madera por delante de que sea una estaca. Es decir que no podrias matar a un vampiro con un cuchillo pero sí con una cuchara de madera. De todos modos te recomiendo que le afiles la punta. No te preocupes, al parecer el cuerpo del vampiro es bastante blando. En cuanto a la decapitación, tiene muchas menos reglas. Si la cabeza del vampiro se separa de su cuerpo, se muere. Fin de la historia.
  7. Pero si un vampiro puede morir sólo de esas tres maneras, ¿qué pasa con los crucifijos y el ajo? La realidad es que los afectan, pero de maneras muy distintas. El ajo, por ejemplo, les resulta insoportable. Para que entiendan cómo funciona esto, imagínense que recogen una muestra de orina en ayunas de diez amigos luego de una noche de alcohol y drogas. Déjenlo fermentar durante una semana y al cabo de ella procedan a oler la mezcla. Así de insoportable. Lo del crucifijo es mucho más interesante. Yo podría mostrarle un crucifijo a un vampiro y este se me cagaría de risa en mi cara. Como nos demuestra Stephen King en Salem’s Lot, no es el crucifijo lo que aleja al vampiro, sino la fe que depositamos en él. Si no hay fe, da lo mismo que sea un crucifijo o una batata.
  8. Los vampiros son seductores irresistibles. Si un vampiro decide ejercer su influjo sobre vos, date por chupado. Pero claro, esto requiere de tu inocencia. Si estás prevenido acerca del vampiro seguramente lo encuentres atractivo, pero no vas a ser tan gil de dejarte seducir. ¿O sí?
  9. Los vampiros tienen la capacidad de transmutarse en algunos animales tales como murciélagos, ratas, lobos y otras alimañas. Sin embargo, es posible que declinen esta capacidad y prefieran simplemente convertirse en humo. De las dos posibilidades nos habla Bram Stoker en Drácula.
  10. Un vampiro no puede entrar en una casa a menos que sea invitado por uno de sus ocupantes, preferiblemente el dueño. Esto parecería suficiente protección, pero resulta que sí pueden hacerlo cuando se convierten en animales. Y cuando no lo hacen, tienen suficientes recursos para lograr ser invitados.
Finalmente, todos sabemos que los vampiros no existen. Y es en esta certeza indiscutida en donde ellos encuentran su mayor fortaleza.

Dulce sueños, y cuidate el cogote.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Delirio

El salón era enorme, inabarcable. Ciertamente estaba oscuro, apenas se podían adivinar sus esquinas en la penumbra. Él se preguntaba qué hacía ahí.

Entonces se prendieron las luces. No las del salón en general, sino las del auto. Por lo que se alcanzaba a ver, parecía un Mini Cooper. Luego se escuchó arrancar al motor. Él no pudo dejar de notar que el auto apuntaba directamente en dirección hacia donde él estaba.

El auto salió arando, él tuvo tiempo justo para correrse antes de que lo atropellara. El auto frenó en seco y dio la vuelta. Nuevamente le apuntaba.

Él empezó a caminar hacia los lados. El auto lo empezó a seguir. Lentamente. Él trato de acercarse, pero cada vez que lo hacía el auto retrocedía. Un par de veces hizo el amague de arrancar y atropellarlo. El auto de a poco fue ganando terreno. Más y más. Hasta que finalmente lo arrinconó contra la pared. El auto arrancó a toda velocidad rumbo a su encuentro. Él apenas alcanzó a saltar hacia la derecha. El auto chocó contra la pared y la perforó, dejando entrar la luz del día. El se asomó por el agujero y alcanzó a verlo (efectivamente era un Mini Cooper) marchándose a toda velocidad por el camino de tierra. Salió y se encontró en medio de la jungla.


Empezó a abrirse paso a través de la vegetación. Con una mano tomó el machete que llevaba a la cintura y se puso a cortar lianas y enredaderas varias. Pronto llegó a una pirámide. La rodeó a lo largo de su perímetro hasta que finalmente llegó a la escalera que le permitía subir. No serían menos de quinientos escalones. Comenzó a subirlos. El sol lo estaba cocinando.

El primer dardo cayó en el escalón de piedra que estaba justo frente a sus ojos. Eso le permitió advertir el peligro y correr para evitar ser alcanzado. A medida que subía el alcance de los proyectiles tenía que ser mayor, de manera que los dardos pronto se convirtieron en piedras y luego flechas y mas tarde balas. Él logró esquivarlas durante todo el camino. Por fin llegó a la cima de la pirámide donde estaba el helipuerto. Se subió al helicóptero, tomó los controles y comenzó a volar. No tardaron en aparecer por sus flancos dos helicópteros más que venían a darle caza. Estaban equipados con sendas ametralladoras que no dudaron en usar para tratar de derribarlo. Él los esquivó un buen tiempo, pero al fin un proyectil certero hizo impacto en el motor y él comprendió que debía saltar. Se acomodó el paracaídas y se arrojó al vacío sin demasiada idea de adónde iba a parar. A medida que se acercaba al suelo notaba como su trayectoria lo llevaba directamente hacia una claraboya en un edificio grande, muy grande. Él pasó a través de ella y se encontró en un salón.

El salón era enorme, inabarcable. Ciertamente estaba oscuro, apenas se podían adivinar sus esquinas en la penumbra. Él se preguntaba qué hacía ahí.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Sanjosé



Ya era tarde y el vagón iba vacío, por un momento pensó que iba a encontrar cerradas las rejas de Medalla Milagrosa, pero al final consiguió tren. Le llamó la atención que no haya nadie en su camino pero también, a la hora que venía a tomar el subte a quién se iba a encontrar. Al bajar caminó hasta la punta del andén. Le gustaba el primer vagón, mirar el camino por el costado de la cabina del conductor, espiar los secretos del subte. La estación San José, por ejemplo, fue construida dos veces. La primera para cruzarse con la Línea C en Constitución y la segunda como un escalón más en el camino a Bolívar cuando la idea original fue desechada. Yendo desde el oeste, antes de llegar, aún hoy se alcanza a ver la antigua estación San José (ahora hay talleres, según sabía). Desde el primer vagón uno ve como se acerca por la derecha la estación vieja y a último momento el tren se desvía a la izquierda y se encuentra con la estación nueva.

Estaba llegando a Entre Ríos cuando notó que le faltaba la billetera. No se preocupó demasiado, un robo era improbable, lo más seguro era que se la hubiese olvidado en el escritorio de la oficina. Mientras buscaba vio como el tren se acercaba a San José, y se dispuso para el amague con el que el tren se desviaría.

El tren no se desvió.

Lo primero fue desconcierto, tal vez no había tomado el último coche sino uno fuera de línea que se dirigía a los talleres. Pero ahí no había talleres. El tren se detuvo en un andén como todos, aunque callado, silencioso, como si Buenos Aires arriba se hubiese apagado por completo.

Golpeó la puerta del conductor. No hubo respuesta, de modo que se asomó por la cabina a ver qué pasaba. No había conductor. Aún así, las puertas del vagón se abrieron.

Trató de poner la cabeza fría, todo era un error, claro. Se asomó al andén para ver por donde andaba. Apenas despegó el segundo pie del vagón las puertas se cerraron y el tren reanudó su marcha rumbo (¿a dónde? ¿A Constitución?). Él trató de detenerlo (¡ja!) golpeando los costados mientras se iba, pero finalmente quedó de pie inmóvil en el andén abandonado. Tenía que pensar. Pedir ayuda. Agarró el celular, capaz que tenía señal, pero no tenía batería. Había olvidado cargarlo. Carajo, si por lo menos pudiera hablar con su secretaria, ella sabría qué hacer. No recordaba el nombre de su secretaria. Los nervios, por supuesto, qué querés en esta situación, el de su esposa no se lo iba a olvidar.

No recordaba el nombre de su esposa. No recordaba si tenía esposa, o hijos, o algún tipo de familia.

Lo único que faltaba, que encima le de un panic attack. Nunca había tenido claustrofobia, pero imaginó que debía ser algo muy parecido a lo que sentía ahora. Midió las posibilidades. Podía bajar a la vía y volver caminando hasta Entre Ríos, pero le pareció peligroso e innecesario. OK, le dio cagazo. La otra era salir por el arco que había a mitad del andén. Tenía dos molinetes de los viejos y del otro lado estaba completamente oscuro, pero era la única salida que se podía considerar como tal. Trató de imaginarse a dónde podría salir, pero no recordaba dónde estaba ubicada la estación.
Ya sin sorpresa, descubrió que no recordaba su nombre ni su pasado. Miró la negra oscuridad que había detrás de los molinetes y en un impulso de resignación decidió atravesarlos. Se lo tragó el olvido en el que hacía años dormía la vieja Estación San José.

lunes, 26 de octubre de 2009

Un grano por día



Traté a Roberto Magnoli durante tres épocas bien distintas a lo largo de toda mi vida. La primera fue sobre el final de mi educación primaria. Corrían los primeros cincuentas y mis padres habían decidido que sería buena idea ponerme un profesor particular que me ayude con ciencias naturales, materia en la que paradójicamente andaba más flojo. El profesor era un hombre de avanzada edad llamado Florentino Sallese. Roberto Magnoli también acudía a sus clases, y con frecuencia compartíamos el horario. Yo tenía doce años por entonces. Roberto era considerablemente menor. En realidad no tanto, pero para un niño de ocho otro que está a punto de pasar a la secundaria es enorme. El apoyo escolar se mantuvo durante tres meses, hasta la finalización de las clases. A poco de comenzado el nuevo año me enteré del fallecimiento de Sallese, aparentemente por causas naturales.
A pesar de vivir en el mismo barrio en una época en que Buenos Aires no era tan gigantesca e impersonal como ahora, durante mucho tiempo le perdí el rastro a Magnoli. Nuestro contacto se reanudó ya de adultos, o casi. Promediaban los sesenta y yo estaba pronto a recibirme de médico en una importante universidad privada. Fue entonces cuando empecé a compartir materias con él. Reconozco que era un alumno brillante que realizó su carrera a un ritmo infatigable, logrando en apenas cuatro años ponerse casi a la par conmigo, que ya llevaba seis. Sin embargo, no es eso lo que más recuerdo de él por aquellos años.
Roberto Magnoli era el tipo más calavera que vi en mi vida. Nunca logré entender cómo lograba congeniar la tenacidad para llevar adelante sus estudios con la forma en que le gustaba la joda. Era la época del Club del Clan, Elvis, Los Beatles, Hipopótamus e Isidoro Cañones. Y Roberto era un playboy. A mí me llamaba la atención ya por aquella época cómo había crecido el pequeño niño que yo conocí, al punto que todos nos daban la misma edad. Porque por cierto, solíamos compartir mucho tiempo juntos. Estudiando y saliendo. Lo único que jamás pude entender es en qué momento dormía. Recuerdo un episodio con claridad. A las ocho de la mañana de un lunes rendíamos Medicina Interna II. El sábado estuvimos juntos hasta las seis de la mañana en Kontiki. El domingo nos juntamos para estudiar a las seis de la tarde y no paramos de hacerlo durante trece horas, salvo para cenar, preparar café y un pequeño break de cinco minutos a las cuatro de la madrugada en que Roberto me pidió recostarse en el sofá para aclarar ideas. Cinco minutos apenas, y al levantarse estaba fresco y rozagante. En el examen nos fue bien, y luego de aprobar me invitó a almorzar a modo de festejo. Yo decliné amablemente en vista de mi cansancio, pero él de todos modos fue a un restaurante con una compañera de otro curso. Volví a verlo a la noche, luego de descansar toda la tarde. Entonces lo encontré con la misma muchacha, con quien habían compartido el día entero paseando por la ciudad. Charlando con ella me enteré de que el día anterior también se habían visto, en un asado al que Roberto asistió luego de separarse de mí en Kontiki, y que había durado desde las nueve de la mañana hasta las cuatro de la tarde. Miré a Roberto. Su aspecto no era el de alguien que llevara al menos cuarenta y ocho horas sin dormir, sino todo lo contrario.
Al poco tiempo de recibirnos Roberto Magnoli recibió una propuesta de trabajo del Centro Médico Coyoacán en México D.F. y así le perdí el rastro nuevamente, y por mucho más tiempo que la última vez.
La siguiente oportunidad en que nuestros caminos se cruzaron fue hace apenas dos meses. Ambos nos convertimos en médicos prestigiosos, y tuvimos vidas al menos interesantes. Yo tuve hijos, nietos, libros y árboles, y cuando la jubilación y el retiro ya eran prácticamente mis únicas expectativas en el campo profesional, recibí una sorpresa que logró movilizarme lo suficiente como para redescubrir el entusiasmo de mi tarea. A mis sesenta y cuatro años y en mi condición de Jefe de Oncología del Hospital Argerich ya casi nada me impresiona, pero cada tanto algo llama mi atención y me hace sentir una vez más en el llano. Eso fue lo que me sucedió cuando encontré a Roberto Magnoli ingresando a una sesión de quimioterapia.
Ninguno de los dos es ingenuo, y ya en ese momento ambos nos dimos cuenta de lo que estaba pasando. En cuestión de algunos meses, Roberto Magnoli iba a morir.
A partir de ese momento, y en vista de mi casi inminente retiro, comencé a ser para él más un viejo compañero que un médico. Sin embargo, reconozco que lo que me empujó a este comportamiento no fue tanto la amistad o la compasión como la curiosidad. Es sabido que el cáncer deteriora, y por cierto Roberto tenía más apariencia de octogenario que de alguien que recién entra en sus sesentas, pero más allá de eso su aspecto era el de un octogenario pleno de salud. Algo no me cerraba.
En una de esas charlas que él y yo solíamos tener, mezcla de diagnóstico, tratamiento y nostalgia, finalmente encontré el punto. Aunque preferiría no haberlo hecho.
-Rober, ¿cuántas horas dormís por día? –le pregunté con ingenuidad.
-Ocho –me contestó-. Desde que tengo memoria nunca dormí menos de ocho horas.
-Dale, piratón –retruqué, jocoso-, eso puede ser ahora, ¿te pensás que no me acuerdo de aquellas maratones de varios días sin pegar un ojo?
-Ja, ja, es verdad. A lo mejor es un buen momento para que te cuente la verdad sobre todo aquello.
Yo lo miré intrigado.
-¿Te acordás de Sallese? ¿El profesor de biología?
Asentí
-El tipo era un genio. Pero un genio muy solitario. Así que yo les pedí permiso a mis viejos para ir a saludarlo para Navidad aquel año. Se puso muy contento el viejo. Y en agradecimiento me dio un regalo. Resulta que Sallese era químico, y tenía un pequeño laboratorio donde se había pasado la vida experimentando. Allí me llevó, y me ofreció un frasco grande de vidrio, de los de cinco kilos de mayonesa, lleno de lo que parecía ser granos de arroz. Yo lo miré extrañado y dudé en ese momento de la cordura del profesor. El se dio cuenta y me dijo: “Entiendo que te parezca raro, pero no es lo que parece. Es mejor que vos mismo lo descubras, pero antes te quiero hacer una recomendación. Al menos cuando pruebes el primero, será conveniente que estés desnudo. Ojalá sepas cómo aprovecharlo”. Sallese murió a los pocos días, y pasaron algunos más hasta que me animé a probar el primer grano. Eran las once de noche y estaba solo en mi cuarto. Desde la ventana veía los autos pasar por la avenida. Me quité toda la ropa y tragué sin morder el comprimido, que eso era. De inmediato la ciudad se calló. Miré por la ventana y los autos estaban quietos. El reloj se había detenido. Sin embargo, cuando quise abrir la puerta, ésta estaba durísima, como si fuera de hierro macizo y sus bisagras estuvieran completamente oxidadas. En ese momento no entendí lo que pasaba. Reconozco que tuve miedo. El mundo se había detenido. Nadie escuchaba mis gritos, ni mi llanto, ni nada. Finalmente, me quedé dormido. Dormí unas cuantas horas. Cuando me desperté, eran las once de la noche.
-¿Perdón?
-Hoy quizás lo comprendo mejor. Cada uno de esos granos altera el metabolismo de tal forma que lo que para el mundo eran ocho horas para mí era apenas un segundo. No podía afectar nada de ese mundo, ni siquiera mover objetos, pero lo que sí podía hacer era dormir durante ese tiempo. Así que desde los ocho años he tenido días de treinta y dos horas. Cada vez que he querido dormir, me tomaba un comprimido y descansaba durante ocho horas corridas sin que nadie se diera cuenta, a veces a la vista de todos. Gracias a eso pude terminar mi carrera en tiempo record sin dejar de divertirme. Pero ya ves, eso también me hizo envejecer más rápido. No me quejo. He vivido mucho y bien. Más de lo que la mayoría vivirá. Ahora me toca pagarlo. Eran veinte mil comprimidos en el frasco. Gracias a ellos, he vivido casi una vida de más.

Hace dos días murió en su cama Roberto Magnoli. Ha vivido intensamente, más que cualquiera de nosotros. Hoy, a modo de homenaje, he venido a visitar por última vez su casa.
Bajo su cama hay una cajita de fósforos. En su interior, unos cuantos granos de arroz.

sábado, 10 de octubre de 2009

Blues del Gato

(Animate, dale play)




Se llamaba Poe. Tenía unos ojos verdes profundos e hipnóticos, y un pelo negro largo y sedoso. Confieso que a veces me intimidaba. Katja se reía, decía que no me tenía que preocupar por Poe, que era su amigo y su compañía. Lo cierto es que el gato siempre estaba presente, siempre mirándonos. Las noches en que estábamos juntos, siempre en su depto, haciendo el amor durante horas, la mirada de Poe se clavaba sobre nosotros, como si fuera un silencioso voyeur observando nuestra intimidad. A Katja la excitaba eso, lo sé. Pero a mi su presencia nunca me gustó del todo. Ese era mi momento, mío y de ella, y no estaba dispuesto a compartir protagonismo con una bestia de cuatro patas. Pero para ella era su debilidad, y yo debía respetarlo. De no ser por ella, con gusto lo hubiera revoleado por la ventana merced a una patada bien puesta.
Poe me miraba. Esta vez estuve realmente tentado a darle esa patada redentora, pero me contuve. En lugar de eso lo tomé con mi mano derecha del collar de vinilo negro con su nombre que Katja le había puesto y lo encerré en el baño. Él se dejó llevar mansito, pero a los pocos minutos estaba nuevamente conmigo. Estaba claro que quería ser mi pesadilla.
La habitación necesitaba un poco de orden, es cierto. Katja nunca fue la mujer más prolija que conocí, pero en esta ocasión era demasiado. Fui al lavadero y busqué elementos de limpieza. Encontré todo lo que hacía falta, Katja era disciplinada con ese tipo de cosas. Así que simplemente me agaché y me puse a limpiar.
Katja era divina. Nuestra relación ya llevaba un par de años, y por mi parte no hacía más que afianzarse. Jamás la visitaba con las manos vacías. Depende el humor del día podía llevarle champagne, o un muñeco de peluche, o chocolates (que le encantaban, pero le producían tal culpa que me puteaba mientras se los devoraba). Era una muñeca, la mujer de mis sueños. Veinticinco años, piel tersa apenas bronceada, cabello rubio largo y sedoso. Su sonrisa iluminaba cualquier ambiente y sus tetas daban para quedarse el resto de la vida durmiendo entre ellas. Tenía un culo espectacular y generoso, y la vagina más bella que jamás haya visto. Y esos ojos, verdes y profundos como los de su gato.
Mi vida es sencilla y rutinaria. Tengo un trabajo aburrido que me insume muchas horas. No gano mal pero tampoco excesivamente bien. Mis padres me dejaron una casa modesta pero bien ubicada. No tengo demasiados gastos fijos ni preocupaciones. Mi único vicio es Katja. No ha pasado una semana sin que la visite desde mi divorcio. La tercera parte de lo que gano se lo destino a ella. Se lo merece, es magnífica. Con ella tengo una buena charla, siempre, el mejor sexo que he probado y una dulzura y una simpatía que la convertían en la muchacha más deliciosa que ha pasado por mi vida. Un servicio con Katja me llenaba más que cualquier relación con una "novia". Por eso sentí que me traicionaba cuando me dijo que se iba a retirar.
-¡Voy a dedicarme a la profesión para la que me preparé! –me dijo con una sonrisa en los labios- Hacer esto me encanta, pero mi tiempo ya pasó. Ahora todo el mundo me va a conocer como la Licenciada Moreno, ¿qué tal?
-Podés ser la Licenciada Moreno sin que dejemos de vernos…
-Ay, amor… sabés que eso no es cierto… no es compatible ser Licenciada en Sistemas y hacer lo que hago… Ya vas a encontrar otra chica mejor que yo…
-¡No quiero otra mejor que vos! ¡No quiero una puta barata que me chupe la pija por un par de mangos! ¡Yo te quiero a vos!
-Bebé… no me podés tener más ya… dale, aprovechemos nuestra última noche. Vení con mami.
En todo el tiempo que estuvimos juntos le llevé muchos regalos. Uno de los que más le había gustado era una estatuilla de bronce que representaba a una mujer alada sin cabeza y sin brazos. Ella la llamaba la Victoria de Samotracia. Creo que ni siquiera llegó a darse cuenta de cuando le golpeé la sien con ella. Fue en un solo movimiento, rápido e incontenible. Apenas lo entendí cuando vi su cuerpo en el suelo y la sangre que empezaba a manar de su cabeza. Primero traté de limpiar la mancha de sangre, pero pronto me di cuenta de que no tenía demasiado sentido con el cadáver ahí, tirado en el suelo. Entonces me dediqué a borrar cuidadosamente mis huellas de la habitación. Empecé por la estatuilla, por supuesto, pero luego me ocupé de botellas, vasos, espejos, picaportes, todos aquellos lugares donde había apoyado los dedos. En un par de horas el lugar estaba impecable y sin restos de mi presencia. Antes de irme le hice una última caricia a Poe en el lomo.
Sé que hice mi trabajo de limpieza a conciencia, pero los forenses encontraron mis huellas y restos de su sangre en el collar de Poe de cuando lo llevé al baño.
Finalmente, el gato de mierda me mandó en cana.
Cuando salga me compro un perro.

martes, 6 de octubre de 2009

Linepithema humile


Siempre fuimos tan soberbios.

Los hechos se dieron más o menos de este modo. A fines del XIX Argentina estaba pasando por un cierto período de esplendor que le permitía exportar materias primas a todo el mundo. La mayoría de esas exportaciones se hacían por barcos que salían de Buenos Aires y llegaban a distintos puertos en todas partes del mundo. En muchos de esos barcos viajaron algunos polizones casi invisibles: hormigas. Y no sólo hormigas comunes, obreras estériles que morirían al llegar a tierra, no: también viajaron reinas fertilizadas dispuestas a fundar nuevas colonias.

Pero estas hormiguitas viajeras tenían una particularidad: en Argentina, su tierra, tendían a luchar ferozmente entre miembros de distintas colonias. Bastaba con poner juntas a dos hormigas de dos barrios cercanos para ver cómo se atacaban a mordiscones y se arrojaban sustancias tóxicas, en una lucha sin tregua hasta que una de las dos moría. En el extranjero, sin embargo, conocieron el cooperativismo. Tal vez al encontrarse en un ambiente extraño y hostil, las distintas colonias de hormigas argentinas establecieron una política de mutua ayuda, y así fueron creciendo en número y expandiéndose. Su instintiva agresividad fue canalizada hacia las especies locales, generalmente muy superiores en tamaño pero impotentes ante el número cada vez mayor que tenían las invasoras. Lenta y silenciosamente fueron creando su imperio. En lugar de crear nuevas colonias independientes unas de las otras como todas las demás hormigas, éstas fueron formando megacolonias comunicadas entre sí, construyendo monstruosos hormigueros de miles de kilómetros de extensión. Para comienzos del XXI toda la costa oeste de Estados Unidos, Italia, España, Portugal, Francia, Suiza, Hawai, Australia y Nueva Zelanda habían pasado a formar parte de su dominio, exterminando o desplazando a sus rivales autóctonas y alterando los respectivos ecosistemas.

Si bien ya para finales del XX estaban consideradas como plaga, fue la extinción de la lagartija cornuda costera de California la primera señal importante de alarma. Esta lagartija se alimentaban de hormigas nativas, 10 veces más grandes que las argentinas, pero a esta altura notablemente inferiores en número. En su afán expansionista las invasoras eliminaron a sus rivales y dejaron sin alimento a los reptiles, que se negaban a comer a las nuevas habitantes debido a su sabor amargo y desagradable.

Poco a poco las hormigas sudamericanas iban tomando el mundo, formando más colonias y eliminando a más especies. Los esfuerzos por exterminarlas, fumigando amplias zonas con insecticidas varios, resultaban inútiles. Dejó de ser un asunto de los entomólogos cuando se dieron cuenta de que habían alcanzado un número que les permitía desafiar no sólo a sus pares sino a otras especies más grandes. El 7 de agosto de 2006 a las tres de la mañana los habitantes de Waco, Texas, fueron atacados por un ejército de cientos de miles de millones de hormigas. Su ínfimo tamaño y su enorme cantidad constituían su gran fuerza. Podían escurrirse hasta por lo huecos más pequeños de los edificios y eliminar a sus ocupantes no sólo a mordiscones, sino también provocándoles la muerte por asfixia al penetrar en grandes cantidades por todos los orificios del cuerpo de los pobladores. La victoria fue aplastante. Waco quedó en poder de los insectos, y ni siquiera el poderoso ejército americano pudo hacer nada. Uno a uno fueron tomando pequeños pueblos, y luego pequeñas ciudades. Como si tuvieran algún sistema de comunicación intercontinental el 1º de enero del 2007 la isla de Ibiza, en España, cayó en manos del diminuto Imperio.

Fue entonces que Argentina se convirtió en la Tierra Prometida. A alguien se le ocurrió que los argentinos habían convivido cinco siglos con sus hormigas sin problemas, y que allí sería un lugar seguro. Y por un tiempo lo fue. A medida que el mundo iba cayendo bajo la dominación de las hormigas la Patagonia Argentina, hasta entonces despoblada, se fue llenando de nuevos pueblos y ciudades adonde llegaban exiliados de todo el mundo. Mientras tanto las Naciones Unidas, con Estados Unidos a la cabeza, se habían convertido en un organismo militar decidido a exterminar a las hormigas de la faz de la tierra. Pero esto no resultaba fácil. Habían vivido millones de años más que nosotros en este planeta, y eran resistentes incluso a la radiación atómica. Podían meterse por donde querían y no había forma de eliminarlas destruir el lugar donde se hubiesen asentado, ya fuese un pueblo o una gran ciudad como Washington, que con todo su poderío cedió el 4 de julio de 2007 ante la cantidad abrumadora del invasor. Al escuchar la noticia de la evacuación del Pentágono, el mundo comprendió que una época había terminado.

Lo que siguió fue casi un trámite. El modus operandi de las hormigas era prácticamente el mismo en todas las ocasiones: atacaban a la madrugada, cuando las ciudades estaban más indefensas. En pocas horas terminaban con la población. Los que podían, huían, los que no, morían. Las invasoras sabían lo que querían: ni perros, ni gatos, ni demás animales eran atacados. De esta manera fueron cayendo New York, París, Londres, Tokio, Beijing, Hong Kong, Sydney. Oceanía fue el primer continente completo en ser desalojado de vida humana a principios de 2010. Luego le siguió África. El otrora poderoso Estados Unidos fue el país más golpeado de América: sólo algunos poblados ubicados más al norte, en el estado de Maine, sobrevivían para fines de 2011. En 2012 ya habían caído Europa y Asia. Sólo restaba América del Sur.

Todo el terror que se había apoderado del mundo a partir de 2007 apenas se había sentido al sur del Ecuador. Brasil, Venezuela, Chile y especialmente Argentina vivieron su momento de mayor esplendor al recibir a los refugiados de todo el mundo. Pero cuando el problema mundial se tornó incontrolable la economía de estos países no pudo resistir la gran demanda de alimento. Entonces llegaron ellas.

Hasta 2012 las hormigas habían respetado a sus pares de América del Sur, quizás por una suerte de cosanguineidad que les impedía volverse contra sus ancestros. Pero con la guerra casi ganada sólo restaba conquistar esa parte del mundo para exterminar esa plaga llamada ser humano y volver al orden natural tan añorado. Durante los primeros meses del año las batallas entre las que venían del norte y las que nunca se habían ido del sur eran interminables. Pero a mediados de mayo las hormigas desaparecieron de Sudamérica. Era imposible encontrar una sola por ningún lado. Algunos optimistas creyeron que finalmente se habían exterminado entre ellas y festejaron. Pero no: estaban firmando un acuerdo. El 16 de junio de 2012 a las 03:45 hora de Argentina atacaron cada hogar, cada edificio, cada persona que encontraron desde el Amazonas hasta Tierra del Fuego.

Desde mediados del Siglo XX estábamos convencidos de que nosotros mismos provocaríamos “el fin del mundo”, mediante guerras nucleares, destruyendo el medio ambiente o asesinados por nuestras propias máquinas. Hoy sobrevivimos 63 familias en la Antártida, refugiados en la Base Comodoro Marambio con comida para un año y medio y sin posibilidad de reabastecernos, ya que pisar el continente significa una muerte segura e inmediata. Esperamos indefensos nuestra propia extinción.

Siempre fuimos tan soberbios.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Borrador

El argumento central de la obra que estoy proyectando escribir es acerca de una invasión de seres llegados de otro mundo en extrañas naves. En principio establecerían un contacto pretendidamente pacífico y tratarían de impresionarnos con su tecnología avanzada y sus novedosas armas. Luego serían reveladas sus verdaderas intenciones. Desarmarían nuestra estructura política mediante el secuestro y asesinato de nuestros líderes y con su poderío militar arrasarían a nuestras fuerzas. Lo siguiente sería esclavizarnos y obligarnos a extraer nuestros recursos naturales, los cuales serían enviados a su mundo en una transacción unilateral en la cual nosotros sólo obtendríamos humillación y sufrimiento. Nuestras vidas no valdrían nada para ellos, y de esa manera nos aplastarían como a cucarachas, y nos masacrarían sin piedad. Nosotros perderíamos nuestra voluntad de reproducirnos y de a poco nos iríamos extinguiendo mientras ellos se adueñan de nuestro mundo. Así llegaría el final del Gran Imperio Azteca.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

La Cosecha


Debo reconocer que yo también subestimé a Fede. La última vez que lo vi me dejó una llave.
-Necesito que me la cuides. Sirve para abrir un locker en la estación de Once.
-¿Y para qué me la das?
-Espero que sea pura paranoia.
No lo era. Eso fue un viernes. El miércoles siguiente apareció flotando en el Río Paraguay. Ese mismo día me fui a Once a abrir el locker. En su interior había un bolso de tela de avión con un cartel escrito con fibrón en una hoja A4 que decía “Todo lo que necesitás para una carrera exitosa”.
Fede era el cadete del diario. Veintidós años, novia, siempre supimos que quería ser periodista, pero nadie lo tomaba en serio. Durante los últimos meses nos decía que estaba haciendo una investigación en su tiempo libre que cuando la viéramos nos íbamos a caer de culo. En el bolso estaban los resultados de esa investigación.
Durante este tiempo Fede estuvo viajando dos veces por mes a Formosa. La investigación era muy prolija, con mucho trabajo de campo, grabaciones, videos, fotos y documentación de diversos tipos. Estaba centrada en un político y empresario muy importante, oriundo de la zona, pero cuya influencia estaba proyectada a nivel nacional. Este sujeto tiene por igual detractores y partidarios, pero la investigación de Fede no se centraba en su actividad pública ni privada, sino en la íntima y personal.
Al parecer, en Clorinda, provincia de Formosa, la venta de bebés es una parte más de la economía local. De hecho hay mujeres que se ganan la vida quedando embarazadas para luego vender sus hijos a precio dólar o euro. El precio de las criaturas depende de sus características, pero rara vez baja de las cinco cifras.
Aparentemente este hombre tenía importantes intereses puestos en la venta de bebés, además de muchos otros negocios ilegales, relacionados en su mayor parte con el contrabando, desde cd’s o electrodomésticos hasta drogas y armas, además de inmigrantes y prostitutas, por supuesto. Sin embargo, y a pesar de que esta información era suficiente para comprometer seriamente la imagen del sujeto en cuestión, el núcleo de la investigación pasaba por otro lado, y resultaba ser terrorífico.
Desde hace al menos 20 años, mes por medio aproximadamente, este hombre adquiere para sí una niña de no más de tres meses de edad. Algunas de ellas incluso serían sus hijas biológicas al parecer. A partir de entonces las aloja en una casona en las afueras de la ciudad, custodiadas por dos mujeres de su más extrema confianza. Las mujeres dan a las niñas todo lo que necesitan para su supervivencia, pero no más que eso. Las niñas están bien alimentadas, pero no reciben ningún tipo de educación. Jamás aprenden a hablar ni tienen ningún tipo de contacto con el mundo. Pasan toda su vida encerradas en celdas individuales de no más de cuatro metros cuadrados donde hay una cama y una letrina para cada una. No usan ropa, pero el ambiente está climatizado y tienen mantas y cobijas para cubrirse. Dos veces por semana sus carceleras las bañan, les cortan las uñas y las higienizan. Para evitar actos de rebelión las mantienen permanentemente sedadas con distintas drogas. Si se enferman procuran curarlas, pero de no ser posible las sacrifican. Así las niñas crecen en estado casi salvaje hasta llegar a la pubertad. Cuando les llega la menarca y su cuerpo comienza a desarrollarse y empiezan a sentir las primeras necesidades sexuales, reciben una visita de su dueño. En general durante un fin de semana. Este se las lleva a su dormitorio en la última planta de la casona y luego las viola, tortura y asesina salvajemente, improvisando siempre algún nuevo método para lograr el sufrimiento de sus víctimas. Luego el cuerpo es entregado al cementerio local, donde es discretamente cremado.
Según Fede, en el bolso estaba “todo lo que necesitás para una carrera exitosa”, pero se equivocaba.
Para tener una carrera exitosa, lo primero que hace falta es conservar la vida. La información que Fede había reunido le había costado la suya, y podía llegar a costarme la mía.
Fue una verdadera pena ver cómo el fuego consumía el resultado de una investigación semejante.

martes, 22 de septiembre de 2009

Tópicos










El cuerpo de Lord Dambry estaba tirado en el medio de la sala de estar. Todos los invitados observaban con la boca abierta. La noche estaba cayendo sobre el delta, y la tormenta hacía rato que había dejado anegada la mansión de Lady Rockwell. Nadie podría entrar o salir de la isla privada hasta que las aguas no bajaran.

El Inspector Lancaster reunió alrededor de la mesa del comedor principal a todos los presentes. Él había sido invitado personalmente por Lady Rockwell para la presentación en sociedad de su libro de sonetos. Era un secreto a voces que Lord Dambry y Lady Rockwell eran amantes, de manera que Lord Rockwell era el principal sospechoso a investigar por Lancaster. Sin embargo, Rockwell recordó a los presentes que Lancaster era un conocido ludópata, y que mantenía con Dambry severas deudas de juego, lo que inmediatamente lo convertía a él mismo en sospechoso. El dueño de casa no pudo seguir elaborando su teoría porque una súbita descompostura lo llevó a vomitar sobre la mesa valuada en £20.000. Un minuto después Lord Rockwell estaba muerto.

El doctor O’Shaugnessy fue terminante. Lord Rockwell había sido envenenado. Los dedos de los siete comensales que aún vivían apuntaron al Inspector Lancaster. Todos excepto Lady Rockwell. La dama, aún conmocionada por haber perdido a sus dos hombres en la misma noche, declaró que le constaba que Lancaster era un caballero que se hacía cargo de sus deudas y que el dinero que le debía a Dambry había sido correspondientemente saldado más de un mes atrás, por lo que Lancaster no tenía motivos para cometer el crimen. Para esto las ocho personas se habían movido hacia el salón principal, donde la gran araña de cristal cedió y cayó sobre las cabezas de Lord Pyrus y su joven hija Amanda. Tanto la dueña de casa como el Inspector estaban consternados, ya que ahora era evidente que estaban siendo asesinados uno por uno, y aún no tenían idea de quién era el responsable de esas muertes.

Esto quedó confirmado cuando Sir Arthur Row decidió ir al toilette para enjugarse la transpiración. Unos momentos después Lady Rockwell lo echó de menos y junto con el Inspector Lancaster decidieron ir a buscarlo, para encontrarlo horriblemente atravesado por una ballesta en el despacho de Lord Rockwell.

Por supuesto, la pregunta automática fue cuál había sido el motivo para que Row entrata furtivamente en el despacho de Rockwell. Lady Row se encargó de responderla. Su esposo tenía serias deudas con Lord Dambry y con el dueño de casa, provenientes de negocios que ella no alcanzaba a comprender. Si determinados documentos veían la luz era inevitable que lo acusaran de sospechoso. Ahora cualquier duda ha quedado despejada, dijo Lady Row segundos antes de que un alacrán la picara en su pierna derecha. Lancaster alcanzó a pisarlo antes de que atacara a alguien más, pero para ese momento Lady Row ya había fallecido en los brazos del doctor O’Shaugnessy. En ese momento Lady McIntyre sufrió un ataque de histeria y se arrojó por la ventana del despacho. Su cuerpo chocó contra el capitolio de la mansión antes de caer sobre las rejas con punta de lanza.

Nuevamente el Dr. O’Shaugnessy hizo recaer sus sospechas sobre el Inspector Lancaster. Lady Rockwell trató de interceder entre ambos caballeros cuando se cortó la luz de la residencia. Al volver, el cuerpo de la anfitriona yacía entre ambos. O’Shagnessy extrajo un arma de entre sus ropas, pero Lancaster fue más rápido y alcanzó a disparar primero. Una vez que comprobó el deceso del médico, Lancaster guardó su pistola. Entonces, con el camino libre, efectué un solo disparo que le voló la cabeza.

Nunca más volverán a ignorar la presencia del mayordomo estos ricachones.

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